Desde la distancia del ajetreo camboyano e inmerso en otro muy distinto, el de Madrid, comienzo a escribir estas líneas que, a pesar del tono, no pretenden ser una despedida. De esas he tenido muchas estos días y todas las he considerado como un "hasta pronto". Del mismo modo, estas palabras sólo podrán ser un "punto y seguido" en mi aventura con Pour un Sourire d'Enfant.
Tal como hice en diciembre, durante el viaje de vuelta y los primeros días en Madrid he reflexionado mucho sobre mi experiencia en Camboya. Las preguntas que rondaban (y rondan) mi cabeza eran (y son) las mismas que por entonces: ¿Qué he aprendido? ¿Para qué me ha servido este año? Muchas de las respuestas son las mismas que ya escribí con el título de Cosas que he (des)aprendido en Camboya. Sin embargo hay una que no mencioné entonces y que, además de las anteriores, me parece importante: he recuperado la capacidad de sorprenderme.
La capacidad de sorprenderme... sí. Creo que la había perdido. Al menos, aquí todo me parecía igual; nada me parecía nuevo. Las cosas felices eran una consecución natural, algo esperado. Las tragedias, por muy grandes que fuesen, no dejaban de ser una noticia más del día. En Camboya he vuelto a aprender a disfrutar los pequeños placeres y mis maestros han sido dos: los niños, quienes no dejan de descubrir cosas nuevas y sorprenderse con ellas, y la gente que tiene poco y a quien cualquier conquista le parece grande. Creo que al sorprenderse, uno disfruta más. Supongo también que tiene sus riesgos, pero estoy dispuesto a correrlos. Quiero que aquí todo me siga sorprendiendo.
Mientras escribo sobre mis reflexiones, siento que debo hacer dos cosas más: compartir los buenos momentos que he disfrutado en Camboya y, sobre todo, agradecerlos a las personas que los han hecho posibles. Lo primero es fácil, afortunadamente ha habido muchos. Lo segundo, también; hay personas que siempre han estado ahí.
Aunque cualquier momento con los niños se transforma inmediatamente en un recuerdo especial, hay ciertas escenas que recordaré siempre, como las visitas de los niños a mi oficina, la alegría de Chariya al verme o los saludos de Maradí al ir a comer y, después, al volver para echarse la siesta. Pero son muchas más: cualquiera de las vacaciones que he disfrutado con ellos, el sentir que recordaban alguna pequeña frase que les había enseñado. También los hay más sencillos, como cuando Srey Mao me pedía que me sentara a su lado para ver una película o que, quien fuera, sin venir a cuento, me dijera "I love you" seguido de mi nombre malamente pronunciado.
Me pongo a recordar y recuerdo un partido de fútbol apoteósico en el campo de mecánica. En dos equipos formados por hordas de niños, Carlos y yo competimos contra Pablo y Titán. La lluvia hizo que, más que correr, tuviéramos que nadar. Y no importaba; eso era lo mejor. Al hablar de deportes, recuerdo cualquier partido de la liga de PSE y las arengas voluntariosas de nuestro capitán, o las mañanas en el gimnasio de casa. También las cenas en la terraza. Recuerdo cada viaje que he hecho y las pequeñas excursiones. Recuerdo la alegría al oír hablar español durante el Summer Camp, la energía que transmitían los voluntarios. Recuerdo los primeros días, cuando todo parecía nuevo y tan distinto. Recuerdo muchas cosas y podría recordar muchas más, pero sobre todo, recuerdo a las personas con las que las he compartido. He tenido suerte de conocer a mucha gente aquí. De todos me acordaré.
Irremediablemente, llega el momento de los agradecimientos. Como en cualquier recogida de premios, podría ser eterno. Intentaré ser breve y sólo mencionar a la gente "de fuera"; con el equipo camboyano hablé personalmente en Phnom Penh. Soy consciente de que en algún momento sonará la música y no podré mencionaros a todos. Por eso empiezo rápido, y lo hago con Mónica, quien me introdujo al mundo de PSE y me encontró acomodo en el proyecto. Sigo por todos los amigos que me animaron a iniciar la aventura y que me han acompañado durante este año, sobre todo Carlos, Pepín y Noelia, Borja, Clara y Tomás, María Luisa y Diana. Por supuesto, en los agradecimientos figura en grande mi familia, que me apoyó siempre; mis padres y mis primos desde aquí, y mi hermano Alberto, sorprendentemente, desde Camboya. La música comienza a sonar. Termino mis agradecimientos con dos familias: los Alonso-Caprile, que han sido amigos, mentores y compañeros y, por supuesto, mi particular familia camboyana, Pablo y Carlota. Les agradezco infinitamente su compañía y paciencia y, desde ahora, los considero hermanos.
Por último, cómo no, debería dar las gracias al país que me ha acogido durante este año. Desde Madrid me despido de Camboya y le agradezco todo lo que me ha dado. En cierto modo, creo que tras este año nunca estaré completamente en casa; una parte de mí siempre vivirá en Phnom Penh. Supongo que es el precio que hay que pagar por ser feliz en más de un sitio. Chum Rep Lie Kampuchea! Okun Charan Kampuchea! Nos volveremos a ver.
El objetivo de este blog es contar la experiencia personal y profesional que viviré en Camboya colaborando con Pour un Sourire d'Enfant a partir de febrero de 2013. Aquí escribiré sobre la gente que conozca, los lugares que visite y las cosas que aprenda.
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viernes, 9 de mayo de 2014
domingo, 4 de mayo de 2014
Las tres despedidas de PSE
En mi afán por alargar lo más posible mis últimos días en PSE, he intentado tener cuantas más despedidas mejor. Así, hasta que llegue la última, no podré decir que me voy del todo. Incluso cuando lo haga, siempre diré que volveré, por lo que tampoco será una despedida definitiva. El caso es no decir "adiós".
1. Blue Lander
El lunes, incluso antes de acabar formalmente mi colaboración con PSE, celebré la primera despedida. Fue con mis compañeros de equipo de Blue Lander. Desde que a principios de febrero logramos el tercer puesto en la PSE Staff League (PSL), no habíamos celebrado oficialmente nuestro particular bronce. Tener otra excusa que festejar me ayudó, además, a diluir mi primer "hasta la próxima".
Reunirnos en mi casa después de los partidos clave se había convertido en algo habitual; algo así como las reuniones del Real Madrid en el Txistu o el Asador Donostiarra tras una gran victoria. En nuestro caso, nunca hubo chuletones ni solomillo, tampoco vino, sino unos famélicos pero sabrosos pollos camboyanos y la omnipresente cerveza local Angkor. La noche del lunes no fue menos. Casi todo el equipo en pleno nos juntamos de nuevo en torno a la mesa para recordar los mejores momentos de la temporada.
Por supuesto, no faltaron las anécdotas de Sokhen, recordando el origen del nombre del equipo, ni sus chistes verdes, que por repetidos no dejan de ser graciosos. También se habló de la nueva temporada, donde, forzosamente, tendrá que haber una revolución similar a la del Barcelona. Necesitamos refuerzos en todas las líneas. Mi partida obliga a encontrar un relevo en la portería, nuestra defensa tendrá algunas bajas "por jubilación", por Pablo nunca faltan ofertas de otros equipos de la PSL y hay riesgo de que se vaya y, en fin, nuestra delantera es una incógnita. Aunque no faltó tiempo para la nostalgia, me gustó que habláramos de planes para el próximo año, como si todo siguiera igual.
2. Los compañeros
La segunda despedida fue con mis compañeros de PSE, la gente con la que más he trabajado. Fue el jueves cuando Setha, la asistente de Pich, el Director de Programas, había previsto un pequeño buffet en el Lotus Blanc, nuestro restaurante de aplicación. Tras finalizar la jornada de trabajo, nos encontramos en la nueva terraza. Conforme llegaban los invitados, todo parecía normal hasta que, misteriosamente, en una mesa se comenzaron a organizar actividades clandestinas. Yo hice como si no me enterara y seguí hablando con los que ya son más que compañeros, amigos.
En un momento dado, como suele pasar en estos casos, alguien, Sovan, pidió silencio y me pidieron que me acercara. Delante de mis ojos pusieron el reclamo de un pequeño regalo, el mismo que habían estado preparando minutos antes. Antes de conseguirlo, debía responder a una serie de preguntas. Por supuesto, el animador del pequeño espectáculo a mi costa fue Pich. Cada una de las personas que celebraba mi despedida tenía derecho a una pregunta. Yo debía responder, según me dijo, con "la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad". Las preguntas oscilaron entre a dónde me iba o si volvería, hasta qué es lo que más voy a echar de menos o qué pienso sobre las mujeres camboyanas.
Fue divertido y me debí merecer el regalo, porque finalmente me lo dieron. Era una camiseta firmada por todos y un pequeño collage con unas fotos de este año. A la entrega de regalos le siguió un particular photocall. Como parte de un pequeño rito camboyano, todo el mundo se quería hacer fotos conmigo. Tuve que mirar hacia muchos flashes. Mientras los compañeros se acercaban a retratarse conmigo, se repetía la frase que ya había escuchado los días anteriores: "Wish you good luck". En esta ocasión, se añadía, además una pequeña apostilla, "...and success".
3. Los niños
Leakhena, la responsable del Departamento Social, encontró el momento ideal para celebrar la despedida con los niños; mi último sábado en Camboya. Llevaba tiempo preparando una fiesta con los pensionnaires y los jóvenes del internado y me invitó a participar. Afortunadamente, fue la menos despedida de todas. Pocos niños sabían que me voy. Mejor así.
La fiesta se pareció a una de esas reuniones de fin de curso que recuerdo que hacíamos de pequeños. Los niños debían preparar un espectáculo y representarlo frente al resto. Es verdad que había participado en actos así antes, pero no con tanta gente. Como siempre, los bailes tradicionales abrieron la escena. Me recordaron a los primeros que vi cuando llegué. Aún hoy, los movimientos de las manos de las pequeñas apsaras me siguen pareciendo mágicos. Tras ellos, y guiados por Pablo, un grupo de pequeños "gamberros" representaron una actuación que mezclaba la tradición camboyana con ritmos más propios de Mayumana. Fue muy divertido. A todos los que actuaban les correspondía un pequeño regalo, un cuaderno, y a mí me tocó entregárselo a este grupo. A continuación, a los shows culturales, les siguió el ya tradicional pase de modelos de los pequeños. Cada vez se sienten más afianzados en la "pasarela".
Una vez acabó el primer acto, tocaba cenar. El menú era especial: noodles y curry, pollo frito, ríos de Coca-Cola y helado de varios sabores. Entonces y ahora al recordarlo, me produce una alegría inmensa ver cómo disfrutan como si fuera el mejor de los manjares cosas que a nosotros nos parecen tan ordinarias. Eran felices y se notaba. Tras la cena, llegó el turno de los mayores. Las chicas con sus coreografías basadas en canciones coreanas y los chicos con su particular karaoke. Éstos consiguieron, sorprendentemente, aplacar la lluvia y conducirnos hacia el tercer y definitivo acto: el baile.
Bailando en círculos alrededor de la mesa, me daba cuenta de que estaba disfrutando como un niño. Sabía que era mi última fiesta con los pequeños, al menos en un tiempo. No sé cómo, pero de alguna manera, conseguía que los minutos pasaran más lentos. Mientras bailaba, miraba a mi alrededor y me alegraba de estar allí. Todo pasaba en cámara lenta. Recordaba muchos de los momentos vividos durante este año. Miraba nuevamente a mi alrededor y encontraba a los niños, a mis compañeros, a Pablo, a Carlota y a mi hermano. Miraba y, mientras lo hacía, pensaba que este año ha merecido la pena.
1. Blue Lander
El lunes, incluso antes de acabar formalmente mi colaboración con PSE, celebré la primera despedida. Fue con mis compañeros de equipo de Blue Lander. Desde que a principios de febrero logramos el tercer puesto en la PSE Staff League (PSL), no habíamos celebrado oficialmente nuestro particular bronce. Tener otra excusa que festejar me ayudó, además, a diluir mi primer "hasta la próxima".
Reunirnos en mi casa después de los partidos clave se había convertido en algo habitual; algo así como las reuniones del Real Madrid en el Txistu o el Asador Donostiarra tras una gran victoria. En nuestro caso, nunca hubo chuletones ni solomillo, tampoco vino, sino unos famélicos pero sabrosos pollos camboyanos y la omnipresente cerveza local Angkor. La noche del lunes no fue menos. Casi todo el equipo en pleno nos juntamos de nuevo en torno a la mesa para recordar los mejores momentos de la temporada.
Por supuesto, no faltaron las anécdotas de Sokhen, recordando el origen del nombre del equipo, ni sus chistes verdes, que por repetidos no dejan de ser graciosos. También se habló de la nueva temporada, donde, forzosamente, tendrá que haber una revolución similar a la del Barcelona. Necesitamos refuerzos en todas las líneas. Mi partida obliga a encontrar un relevo en la portería, nuestra defensa tendrá algunas bajas "por jubilación", por Pablo nunca faltan ofertas de otros equipos de la PSL y hay riesgo de que se vaya y, en fin, nuestra delantera es una incógnita. Aunque no faltó tiempo para la nostalgia, me gustó que habláramos de planes para el próximo año, como si todo siguiera igual.
Blue Lander, el equipo que hizo historia
2. Los compañeros
La segunda despedida fue con mis compañeros de PSE, la gente con la que más he trabajado. Fue el jueves cuando Setha, la asistente de Pich, el Director de Programas, había previsto un pequeño buffet en el Lotus Blanc, nuestro restaurante de aplicación. Tras finalizar la jornada de trabajo, nos encontramos en la nueva terraza. Conforme llegaban los invitados, todo parecía normal hasta que, misteriosamente, en una mesa se comenzaron a organizar actividades clandestinas. Yo hice como si no me enterara y seguí hablando con los que ya son más que compañeros, amigos.
En un momento dado, como suele pasar en estos casos, alguien, Sovan, pidió silencio y me pidieron que me acercara. Delante de mis ojos pusieron el reclamo de un pequeño regalo, el mismo que habían estado preparando minutos antes. Antes de conseguirlo, debía responder a una serie de preguntas. Por supuesto, el animador del pequeño espectáculo a mi costa fue Pich. Cada una de las personas que celebraba mi despedida tenía derecho a una pregunta. Yo debía responder, según me dijo, con "la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad". Las preguntas oscilaron entre a dónde me iba o si volvería, hasta qué es lo que más voy a echar de menos o qué pienso sobre las mujeres camboyanas.
Fue divertido y me debí merecer el regalo, porque finalmente me lo dieron. Era una camiseta firmada por todos y un pequeño collage con unas fotos de este año. A la entrega de regalos le siguió un particular photocall. Como parte de un pequeño rito camboyano, todo el mundo se quería hacer fotos conmigo. Tuve que mirar hacia muchos flashes. Mientras los compañeros se acercaban a retratarse conmigo, se repetía la frase que ya había escuchado los días anteriores: "Wish you good luck". En esta ocasión, se añadía, además una pequeña apostilla, "...and success".
Foto de familia en PSE
3. Los niños
Leakhena, la responsable del Departamento Social, encontró el momento ideal para celebrar la despedida con los niños; mi último sábado en Camboya. Llevaba tiempo preparando una fiesta con los pensionnaires y los jóvenes del internado y me invitó a participar. Afortunadamente, fue la menos despedida de todas. Pocos niños sabían que me voy. Mejor así.
La fiesta se pareció a una de esas reuniones de fin de curso que recuerdo que hacíamos de pequeños. Los niños debían preparar un espectáculo y representarlo frente al resto. Es verdad que había participado en actos así antes, pero no con tanta gente. Como siempre, los bailes tradicionales abrieron la escena. Me recordaron a los primeros que vi cuando llegué. Aún hoy, los movimientos de las manos de las pequeñas apsaras me siguen pareciendo mágicos. Tras ellos, y guiados por Pablo, un grupo de pequeños "gamberros" representaron una actuación que mezclaba la tradición camboyana con ritmos más propios de Mayumana. Fue muy divertido. A todos los que actuaban les correspondía un pequeño regalo, un cuaderno, y a mí me tocó entregárselo a este grupo. A continuación, a los shows culturales, les siguió el ya tradicional pase de modelos de los pequeños. Cada vez se sienten más afianzados en la "pasarela".
Actuación del grupo de Pablo
Una vez acabó el primer acto, tocaba cenar. El menú era especial: noodles y curry, pollo frito, ríos de Coca-Cola y helado de varios sabores. Entonces y ahora al recordarlo, me produce una alegría inmensa ver cómo disfrutan como si fuera el mejor de los manjares cosas que a nosotros nos parecen tan ordinarias. Eran felices y se notaba. Tras la cena, llegó el turno de los mayores. Las chicas con sus coreografías basadas en canciones coreanas y los chicos con su particular karaoke. Éstos consiguieron, sorprendentemente, aplacar la lluvia y conducirnos hacia el tercer y definitivo acto: el baile.
Bailando en círculos alrededor de la mesa, me daba cuenta de que estaba disfrutando como un niño. Sabía que era mi última fiesta con los pequeños, al menos en un tiempo. No sé cómo, pero de alguna manera, conseguía que los minutos pasaran más lentos. Mientras bailaba, miraba a mi alrededor y me alegraba de estar allí. Todo pasaba en cámara lenta. Recordaba muchos de los momentos vividos durante este año. Miraba nuevamente a mi alrededor y encontraba a los niños, a mis compañeros, a Pablo, a Carlota y a mi hermano. Miraba y, mientras lo hacía, pensaba que este año ha merecido la pena.
lunes, 28 de abril de 2014
Battambang, la Prefectura y SAUCE
Si alguna vez hice una lista de las cosas que quería hacer durante este año en Camboya, una de las imprescindibles era visitar Battambang y, una vez allí, su Prefectura y la labor que impulsa Kike Figaredo. Al fin y al cabo, SAUCE fue la primera ONG que conocí en Camboya, incluso antes que PSE. Ha tenido que pasar casi un año para hacer la visita, pero al final la he hecho y me ha encantado.
En un viaje precipitado por los pocos días que me quedan en Camboya, Pablo, Carlota, Alexandra y yo nos embarcamos en una escapada relámpago a Battambang. Lógicamente, Pablo y Carlota ya conocían la ciudad; sólo era nueva para Alexandra y para mí. Ellos la habían visitado en alguno de sus veranos en el país. Juntos tomamos el primer autobús hacia la capital del norte y, gracias a una carretera notablemente mejor a cualquier otra que haya pisado aquí, llegamos a nuestro destino a eso de las dos.
Al bajar del autobús nos esperaban los típicos conductores de tuk tuk, dispuestos a acercarnos a cualquier hotel a cambio de una comisión. Escogimos el Hotel Royal, donde se había hospedado mi hermano no hace mucho, y a un conductor con un sorprendente acento australiano. Él nos acercó al hotel, donde nos enseñaron varias habitaciones de diferentes precios. Nos quedamos con una por ocho dólares la noche que incluía aire acondicionado, todo un lujo.
Al bajar del autobús nos esperaban los típicos conductores de tuk tuk, dispuestos a acercarnos a cualquier hotel a cambio de una comisión. Escogimos el Hotel Royal, donde se había hospedado mi hermano no hace mucho, y a un conductor con un sorprendente acento australiano. Él nos acercó al hotel, donde nos enseñaron varias habitaciones de diferentes precios. Nos quedamos con una por ocho dólares la noche que incluía aire acondicionado, todo un lujo.
Sin haber podido contactar con la gente de SAUCE por lo apresurado del viaje y tras haber encontrado casi por casualidad a Yurié, una antigua compañera de PSE que se acaba de mudar a Battambang, nuestro conductor de tuk tuk nos ofreció llevarnos a Phnom Sampeau, una de las visitas habituales en la ciudad. Antes de ir, el sofocante calor que hacía en Battambang hizo que nos viéramos obligados a refrescarnos con un smoothie de mango (los echaré de menos). Nos lo prepararon en el mismo hotel, donde nos trataron con mucha profesionalidad, como en el resto de sitios que visitamos.
Representación de Buda y sus discípulos en Phnom Sampeau
Nuestro conductor nos llevó a la montaña de Phnom Sampeau, donde pudimos visitar sus templos, revivir la sangrienta historia reciente de Camboya a través de las Killing Caves, donde fueron arrojados cientos de camboyanos durante la guerra y, finalmente, asistir al atardecer desde lo alto de la montaña, dominando un paisaje lleno de arrozales y palmeras. Si me quisiera poner nostálgico, poético quizás, el sol cayendo sobre el horizonte simbolizaba la cuenta atrás de mis días aquí y la visita, en sí, me recordaba lo mejor y lo peor de Camboya: la espiritualidad de sus templos y la barbarie del genocidio de los khmeres rojos.
Atardecer en Phnom Sampeau
Cayó el sol y con él misticismo. Sonó el móvil trayendo noticias sobre SAUCE. Nos recomendaban cenar en su restaurante, The Lonely Tree, ya que al día siguiente abría tarde. Por supuesto, también nos invitaban a visitarlos y compartir la actividad que tenían prevista para el domingo. Fuimos, efectivamente al restaurante y allí nos deleitamos con manjares que creíamos olvidados: gazpacho y croquetas. Cenamos muy bien. El restaurante es muy agradable y el personal encantador. Más tarde tomamos en una copa y nos recogimos pronto; serían las once. El día había sido agotador.
The Lonely Tree
Fechi nos recibió junto a Carolina y ambos nos guiaron por el centro. Nos contaron el origen de su actividad en Camboya, las primeras misiones de Kike y sus principales programas. Entre las diversas líneas de actuación de SAUCE, que incluyen desde educación y sanidad hasta desarrollo de infraestructuras, la que más nos llamó la atención fue el trabajo con discapacitados. Battambang fue un área minada durante la guerra. A día de hoy, y a pesar de todo el impulso por desminar la zona, todavía se registran explosiones en una proporción de dos o tres por semana. Aunque las zonas peligrosas están generalmente identificadas, las lluvias arrastran las minas generándose numerosos accidentes. Además de la propia amputación de sus miembros, los afectados tienen que luchar con la exclusión social que en numerosas ocasiones supone para ellos su discapacidad. Son rechazados por ser un estorbo o por no poder aportar ingresos para la economía familiar.
En el ámbito directo de actuación del Prefectura se asiste a varias decenas de miles de personas. Llevaría mucho tiempo hablar de todos los programas que desarrollan. En todo caso, durante la visita, tuvimos la ocasión de conocer a varios trabajadores locales de varios programas y a personas a las que ayudan. También conocimos a Kike, quien brevemente nos habló de su experiencia en Camboya. Desde luego, ha sido capaz de crear un equipo de personas que destacan por su entrega y dedicación. Puede resultar una frase hecha, pero su ejemplo, su sacrificio y sus acciones valen más que mil palabras.
El tiempo corría rápidamente, como siempre que estás a gusto en un sitio. Tras la visita más protocolaria, nos acercamos al complejo donde viven los internos y los voluntarios. Allí, había un pequeño torneo de tenis con los niños. Conocimos a Ale, Lorenzo, Jimena e Irene, quien entrenaba a los pequeños. A pesar del calor, pasamos un buen rato. Nos supo a poco. Tras apenas una hora iniciamos nuestro camino de vuelta a Phnom Penh. Lo hicimos encantados de haber realizado la visita y agradecidos a nuestros cicerones. Esperamos poder enseñarles nuestro centro pronto.
Anexo:
- Página de la Prefectura de Battambang: http://www.battambang.net
- Perfil de Wikipedia de Kike Figaredo: http://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_Figaredo_Alvargonzález
- Página web de SAUCE: http://www.sauceong.org/
- The Lonely Tree en Tripadvisor: http://www.tripadvisor.es/Restaurant_Review-g303666-d4174610-Reviews-The_Lonely_Tree_Cafe-Battambang_Battambang_Province.html
miércoles, 2 de abril de 2014
Serie Cambodian Cuisine Festival: Kang Kep Baob
Para cerrar la breve serie de comida camboyana, nada mejor que el plato estrella de la Charity Party de PSE: Kang Kep Baob o, lo que es lo mismo, ranas rellenas. Ojo, al final de la receta hay una colaboración especial.
Ingredientes:
Ingredientes:
- 6 ranas comestibles (preferiblemente grandes)
- 200 gramos de carne picada de cerdo
- Cúrcuma (parecido al jengibre)
- 2 limas
- 2 dientes de ajo picados
- Chile
- 1 cucharada de salsa de pescado
Preparación:
Limpiar y pelar las ranas. Dos de las ranas se utilizarán para preparar el relleno (reservar las más grandes para rellenar). Para ello, se desechan las patas y se pica la carne. Una vez la carne de las ranas esté bien picada, mezclarla con la carne picada de cerdo. La grasa del cerdo evita que la carne de rana se seque. En un bol, por separado, preparar una masa con la cúrcuma (en su defecto, jengibre), las limas, los ajos y el chile. Mezclar la carme y la masa y añadir una cucharada de pescado asegurando una mezcla homogénea.
Una por una, rellenar las ranas que se han reservado repartiendo bien el relleno por todo el cuerpo. Preparar las ranas rellenas a la parrilla durante unos quince minutos y listas para servir.
"Colaboración especial" del chef Gordon Ramsay:
"Gordon Ramsay Eats Stuffed Frog in Cambodia", de la serie Gordon’s Great Escape (Channel 4)
Etiquetas:
Camboya,
Charity Party,
Comida,
PSE
Ubicación:
Phnom Penh, Camboya
domingo, 16 de marzo de 2014
Serie Cambodian Cuisine Festival: Beef Lok Lak
Continua la serie de comida camboyana, previa a la celebración de la Charity Party de PSE. Hoy toca Beef Lok Lak. Rico, rico, con fundamento y fácil de preparar.
Ingredientes:
Para servir:
Preparación:
En un tazón grande, mezclar la carne con la salsa de soja, la salsa de ostras, el azúcar, la salsa de tomate, la salsa de pescado, la pimienta negra y el ajo (picado fino). Marinar durante 30-45 minutos. Mientras tanto, preparar la salsa de acompañamiento combinando los ingredientes hasta conseguir una mezcla homogénea. Decorar dos platos con la lechuga, rodajas de tomate, pepino y zanahoria y cebolla troceada. Calentar el aceite en un wok y saltear la carne. Repartirla en los platos, añadir arroz hervido a voluntad para acompañar, ¡y listo!
Ingredientes:
- 300 gramos de filetes de ternera
- Salsa de soja
- 1 cucharada de salsa de ostras
- 1 cucharada de salsa de pescado
- 1 cucharada de salsa de tomate
- 3 cucharadas de azúcar
- Pimienta negra
- 2 cucharadas de aceite
- 2 dientes de ajo
Salsa de acompañamiento:
- Zumo de lima
- 2 cucharadas de pimienta negra molida
- 1 cucharada de salsa de pescado
- 1 cucharada de agua
- 2 tomates pequeños
- 1 pepino
- 1 zanahoria
- Media cebolla roja pequeña
- Lechuga
- Y arroz, claro...
En un tazón grande, mezclar la carne con la salsa de soja, la salsa de ostras, el azúcar, la salsa de tomate, la salsa de pescado, la pimienta negra y el ajo (picado fino). Marinar durante 30-45 minutos. Mientras tanto, preparar la salsa de acompañamiento combinando los ingredientes hasta conseguir una mezcla homogénea. Decorar dos platos con la lechuga, rodajas de tomate, pepino y zanahoria y cebolla troceada. Calentar el aceite en un wok y saltear la carne. Repartirla en los platos, añadir arroz hervido a voluntad para acompañar, ¡y listo!
Ración de Beef Lok Lak
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Charity Party,
Comida,
PSE
Ubicación:
Phnom Penh, Camboya
miércoles, 12 de marzo de 2014
Los espejos de Stephen y los tambores de Bloco Malagasy
El viaje de vuelta de Siem Reap a Phnom Penh fue el origen de dos historias muy especiales que han sucedido esta semana: los espejos de Stephen y los tambores de Bloco Malagasy. Ambas se juntaron el lunes en PSE.
En las más de siete horas que pasamos navegando por el Tonle Sap tuvimos la ocasión de conocer a Stephen Summer. Como un día después, sorprendidos, harían los niños de PSE, no pudimos hacer otra cosa que fijarnos en él. Era, es, un hombre alto, hablador, divertido... y con una pierna amputada en la que tiene una prótesis de metal. Transmitía una energía y una vitalidad muy especiales, cargadas de positivismo. Se había subido al barco junto con su bicicleta y no tardamos mucho en comenzar a hablar. Carlota había leído su historia en algún artículo y pronto intercambiamos experiencias sobre Camboya y el trabajo en las ONGs.
Él nos habló de Me and My Mirror, su proyecto. Durante este año ha viajado por todo el país intentando ayudar a gente que, como él, han sufrido la amputación de alguno de sus miembros. Apasionado del ciclismo, estuvo cerca de morir tras un accidente en la Toscana; fue allí donde perdió la pierna. Desde entonces, sufría el Síndrome del Miembro Fantasma (Phantom Limb Pain). Su cerebro seguía recibiendo impulsos de los nervios que lo conectaban al miembro perdido, lo que le generaba dolor y frustración. Un día comenzó a utilizar una sencilla técnica para "engañar" al cerebro. Colocando un espejo entre sus piernas donde reflejaba el miembro restante, al moverlo conseguía que su cerebro creyera que seguía teniendo el perdido. Le supuso un alivio inmediato.
Sintiéndose, a pesar de todo, un tipo con suerte, quiso compartir la técnica con gente desfavorecida en Camboya, un país todavía plagado de minas antipersona y, en consecuencia, un país donde viven muchos amputados. La técnica de los espejos, además de sencilla, es barata. Durante todo el año ha viajado con su bicicleta por Camboya explicando el método y ayudando a hacer espejos en las comunidades que visitaba.
La historia de Stephen es un ejemplo claro de superación y haberlo conocido una de las mejores sorpresas del viaje del fin de semana. Pero la historia no se quedó ahí. Hablando con él, de la gente que había conocido en Battambang y de historias que transmiten buen rollo y buenas vibraciones, surgió la de Coconut Water (Agua de Coco). Se trata de una ONG que utiliza la educación como motor del desarrollo y que está presente en varios países, entre ellos Madagascar y Camboya. Uno de sus proyectos, Bloco Malagasy, consiste en crear grupos de música con niñas malgaches que han sufrido problemas de prostitución. Cada año hacen una gira y este año visitaron a sus compañeros de Camboya. En los días que estuvieron en Phnom Penh, tuvieron a bien dar un concierto en PSE. Por supuesto, invitamos a Stephen.
El concierto fue uno de esos eventos en los que, por una cosa o por otra, te cargas de energía. Hay algo en el ambiente que te llena. El estruendo de los tambores llenó PSE en plena hora de la siesta. Nadie la echó de menos. Los ritmos de la batucada y la alegría con que las niñas tocaban fueron la mejor manera de empezar la semana. Los niños, muy obedientes, estuvieron sentados durante toda la actuación, pero no dejaban de sonreír y dar palmas. Los profesores, de pie, eran quienes más se animaban a bailar. Y entre todos ellos, Pablo, Carlota, Stephen y yo. Stephen, por supuesto, era el centro de atención, sobre todo de las pensionnaires. Más alto todavía de lo que lo recordábamos el día anterior, los niños lo miraban atónitos, en parte su pierna, en parte porque no podía parar de moverse y bailar.
El concierto de las chicas de Bloco Malagasy fue más corto de lo que hubiéramos querido, pero eso es una buena señal. Tras él, pudimos hablar con el responsable del grupo, un español, granadino, que nos hablaba con entusiasmo de su proyecto. Después de la tarde de lunes, dos cosas sabemos que son seguras: que Bloco Malagasy volverá a Phnom Penh y que Stephen seguirá recorriendo kilómetros con su bicicleta y sus espejos.
Vínculos de interés:
En las más de siete horas que pasamos navegando por el Tonle Sap tuvimos la ocasión de conocer a Stephen Summer. Como un día después, sorprendidos, harían los niños de PSE, no pudimos hacer otra cosa que fijarnos en él. Era, es, un hombre alto, hablador, divertido... y con una pierna amputada en la que tiene una prótesis de metal. Transmitía una energía y una vitalidad muy especiales, cargadas de positivismo. Se había subido al barco junto con su bicicleta y no tardamos mucho en comenzar a hablar. Carlota había leído su historia en algún artículo y pronto intercambiamos experiencias sobre Camboya y el trabajo en las ONGs.
Él nos habló de Me and My Mirror, su proyecto. Durante este año ha viajado por todo el país intentando ayudar a gente que, como él, han sufrido la amputación de alguno de sus miembros. Apasionado del ciclismo, estuvo cerca de morir tras un accidente en la Toscana; fue allí donde perdió la pierna. Desde entonces, sufría el Síndrome del Miembro Fantasma (Phantom Limb Pain). Su cerebro seguía recibiendo impulsos de los nervios que lo conectaban al miembro perdido, lo que le generaba dolor y frustración. Un día comenzó a utilizar una sencilla técnica para "engañar" al cerebro. Colocando un espejo entre sus piernas donde reflejaba el miembro restante, al moverlo conseguía que su cerebro creyera que seguía teniendo el perdido. Le supuso un alivio inmediato.
Sintiéndose, a pesar de todo, un tipo con suerte, quiso compartir la técnica con gente desfavorecida en Camboya, un país todavía plagado de minas antipersona y, en consecuencia, un país donde viven muchos amputados. La técnica de los espejos, además de sencilla, es barata. Durante todo el año ha viajado con su bicicleta por Camboya explicando el método y ayudando a hacer espejos en las comunidades que visitaba.
El viaje de Stephen. MyandMyMirror.org
La historia de Stephen es un ejemplo claro de superación y haberlo conocido una de las mejores sorpresas del viaje del fin de semana. Pero la historia no se quedó ahí. Hablando con él, de la gente que había conocido en Battambang y de historias que transmiten buen rollo y buenas vibraciones, surgió la de Coconut Water (Agua de Coco). Se trata de una ONG que utiliza la educación como motor del desarrollo y que está presente en varios países, entre ellos Madagascar y Camboya. Uno de sus proyectos, Bloco Malagasy, consiste en crear grupos de música con niñas malgaches que han sufrido problemas de prostitución. Cada año hacen una gira y este año visitaron a sus compañeros de Camboya. En los días que estuvieron en Phnom Penh, tuvieron a bien dar un concierto en PSE. Por supuesto, invitamos a Stephen.
El concierto fue uno de esos eventos en los que, por una cosa o por otra, te cargas de energía. Hay algo en el ambiente que te llena. El estruendo de los tambores llenó PSE en plena hora de la siesta. Nadie la echó de menos. Los ritmos de la batucada y la alegría con que las niñas tocaban fueron la mejor manera de empezar la semana. Los niños, muy obedientes, estuvieron sentados durante toda la actuación, pero no dejaban de sonreír y dar palmas. Los profesores, de pie, eran quienes más se animaban a bailar. Y entre todos ellos, Pablo, Carlota, Stephen y yo. Stephen, por supuesto, era el centro de atención, sobre todo de las pensionnaires. Más alto todavía de lo que lo recordábamos el día anterior, los niños lo miraban atónitos, en parte su pierna, en parte porque no podía parar de moverse y bailar.
Concierto de las niñas de Malagasy (Coconut Water) en PSE
El concierto de las chicas de Bloco Malagasy fue más corto de lo que hubiéramos querido, pero eso es una buena señal. Tras él, pudimos hablar con el responsable del grupo, un español, granadino, que nos hablaba con entusiasmo de su proyecto. Después de la tarde de lunes, dos cosas sabemos que son seguras: que Bloco Malagasy volverá a Phnom Penh y que Stephen seguirá recorriendo kilómetros con su bicicleta y sus espejos.
Vínculos de interés:
- "Me and My Mirror", de Stephen Summer: http://meandmymirror.org
- El síndrome del miembro fantasma (Wikipedia): http://es.wikipedia.org/wiki/Miembro_fantasma
- "Agua de Coco": http://www.aguadecoco.org/
- Bloco Malagasy: http://blocomalagasy.blogspot.com/p/bloco-malagasy-proyect.html
Agradecimientos: Vídeo cortesía de Stephen Summer. Fotos cortesía de Edvige Bordone y Pour un Sourire d'Enfant
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Camboya,
Cooperación,
PSE
Ubicación:
Phnom Penh, Camboya
lunes, 10 de marzo de 2014
Angkor Wat, redescubriendo Camboya
Cuando estás en tu ciudad, hay sitios que nunca visitas. Suelen ser los sitios más turísticos; los que visitan los extranjeros, los más fotografiados. Quizás no lo haces porque crees que ya los has visto muchas veces y que nada de ellos te puede sorprender. Quizás porque están cerca y crees que puedes verlos cuando quieras. Sea como fuere, el caso es que sólo te reencuentras con ellos cuando vienen a visitarte. Entonces sucede que parecen tomar una nueva dimensión y que, de algún modo, redescubres tu ciudad. Yo este fin de semana he redescubierto Camboya.
Gracias a la visita de Adriana y Cristina, amigas de Carlota, he tenido la ocasión de volver a ver los templos de Angkor. En las escasas dos semanas que han estado aquí, probablemente hayan visto lo mismo que muchos durante un año. Es lo que tiene la consciencia de que el tiempo es escaso y hay que aprovecharlo. Para su último fin de semana en Camboya, habían reservado los templos de Angkor Wat; era un punto obligado en su recorrido.
Decidido el destino y fijada la hora de partida, el viernes a las cuatro, el viaje comenzó con los "típicos" imprevistos de última hora. La furgoneta que nos tenía que recoger para llevarnos a Siem Reap estaba ya allí. El problema es que "allí" era de verdad allí, nuestro destino. Tras unos momentos de incertidumbre, se impuso el "ot panhajá" tan típico de aquí, una suerte de "hakuna matata", ningún problema. En apenas quince minutos dispusimos de otro taxi que nos llevaría al norte de Camboya. Mientras lo esperábamos, comenzó a consumirse el fondo común que habría de servirnos para tomar las primeras cervezas en la ciudad de los templos. Así se haría el viaje más llevadero.
Phnom Penh y Siem Reap están separadas por unos trescientos kilómetros. Las condiciones de la carretera hace que parezcan más bien quinientos y, siendo como era de noche, casi mil. Si salimos de la capital a eso de las cinco, no llegamos sino hasta bien pasada la media noche. En el camino nos dio tiempo a cenar en un pueblo perdido donde seríamos, seguro, los primeros extranjeros que pasaban. Pudimos contar innumerables bodas y saltamos, casi volvamos, sobre infinitos baches. Afortunadamente, la guest house nos esperaba.
A la mañana siguiente nos tocaba despertarnos pronto para ver la salida del sol sobre los templos. Apenas contábamos con tres o cuatro horas de sueño. Sin saber cómo, somnolientos, nos montamos en un tuk tuk y a las seis de la mañana, puntuales, estábamos en la taquilla de entrada. Unos minutos más tarde, al amanecer, y con el cielo todavía cubierto frente al templo de Angkor Wat, una frase venía a mi cabeza: "vingt siècles vous contemplent". La frase no la aprendí de Napoleón, sino de Panoramix, y mi visión no era las pirámides de Egipto, sino los templos de Angkor Wat. Los siglos también eran algunos menos, pero la sensación de estar en otro mundo era real.
A pesar de que unas nubes impedían que el sol rompiera, la nave principal de Angkor Wat se comenzaba a reflejar con claridad en un estanque que, incluso al final de la estación seca, albergaba bastante agua. Se erguía majestuoso, solemne, casi mágico. Los cientos de personas que nos reuníamos en ese momento guardábamos un silencio respetuoso.
Tras ese momento mágico, algo más mundano, el hambre, nos recordó que apenas habíamos cenado la noche anterior. Uno tras otro, varios niños camboyanos nos recordaban cuál era el puesto de comida de su familia. James, como Bond, así decía llamarse uno, nos decía que su puesto era el 007. Justin, como Bieber o Timberlake, nos invitaba al 99. La mezcla de turismo y negocio se palpaba en cada metro. No recuerdo cuál elegimos, pero sí que nos supo a gloria, especialmente la leche condensada.
Tras habernos dado un poco de tiempo, el que nos permitía alejarnos de la marabunta, comenzamos el recorrido tradicional: Ankor Wat, Bayon, Baphuon, la Terraza de los Elefantes, Ta Prohm y Banteay Kdel. Cada templo tenía algo que lo hacía especial. El complejo de Angkor Wat es impresionante. Lo son sus estanques, la muralla, sus mosaicos, sus cinco niveles de altura que hacen que siempre mires hacia arriba y las estancias que difícilmente puedes imaginar llenas de vida. En Bayon, el templo de las mil caras, uno se siente observado por cada una de ellas. Lo hacen de alguna manera a pesar de tener, todas, los ojos cerrados, como meditando. Te acompañan durante la visita, te guían y, ciertamente, te hacen pensar.
Tras Bayon, encuadrado en el complejo de Angkor Thom, visitamos Baphuon, bien conservado y con su Buda tumbado. Delante de Baphuon se encuentra la Terraza de los Elefantes, llamada así por los relieves que la presiden. Inmensa, sobre una gran explanada, uno se puede imaginar como desfilaban delante de ella los ejércitos victoriosos del rey tras las campañas militares. Después de la ciudad de Angkor Tom, nos dirigimos a Ta Prohm, el templo de la decadencia. En medio de la selva y oculto por ésta, gigantescos árboles todavía lo consumen. Intermibables raíces que provienen de los lugares más inverosímiles, abrazan sus ventanas y las engullen ahogando la piedra. Ésta, sin embargo, resiste. No como nosotros que, por entonces y tras horas andando bajo un calor sofocante, nos moríamos de hambre. Sinouen, nuestro conductor de tuk tuk, nos llevó al restaurante más cercano con el único requisito de que tuviera aire acondicionado. Finalmente fue sólo un ventilador, pero nos sirvió igual.
Repuestos ligeramente, nos dispusimos a visitar el último templo que queríamos ver: Banteay Kdel. Desde allí y sin descanso, volvimos a la ciudad y paseamos por las calles de Siem Reap, donde viven los herederos de la cultura que habíamos conocido desde la mañana. Poco o nada tienen que ver. Quizás tengan en común cierta decadencia; la de lo antiguo de los templos y la de los valores de una sociedad que vive volcada en un desarrollismo "a toda costa". En cualquier caso, lo pasamos bien. La oferta de ocio parece haber mejorado algo desde la última vez que estuve. Cocktails, cena, helados y varias cervezas después, incluso arañas y foot massage, el recuerdo de que al día siguiente debíamos madrugar para volver a Phnom Penh, nos hizo volver a la guest house. El viaje de vuelta sería un barco, un bote más bien. Con él se completaba un viaje que comenzó en taxi y siguió en tuk tuk. Sin más baches que alguna ola suelta, siete horas después de cogerlo, estábamos de vuelta en la capital.
Anexo:
Gracias a la visita de Adriana y Cristina, amigas de Carlota, he tenido la ocasión de volver a ver los templos de Angkor. En las escasas dos semanas que han estado aquí, probablemente hayan visto lo mismo que muchos durante un año. Es lo que tiene la consciencia de que el tiempo es escaso y hay que aprovecharlo. Para su último fin de semana en Camboya, habían reservado los templos de Angkor Wat; era un punto obligado en su recorrido.
Adriana, Cristina, Carlota y yo frente a Angkor Wat
Decidido el destino y fijada la hora de partida, el viernes a las cuatro, el viaje comenzó con los "típicos" imprevistos de última hora. La furgoneta que nos tenía que recoger para llevarnos a Siem Reap estaba ya allí. El problema es que "allí" era de verdad allí, nuestro destino. Tras unos momentos de incertidumbre, se impuso el "ot panhajá" tan típico de aquí, una suerte de "hakuna matata", ningún problema. En apenas quince minutos dispusimos de otro taxi que nos llevaría al norte de Camboya. Mientras lo esperábamos, comenzó a consumirse el fondo común que habría de servirnos para tomar las primeras cervezas en la ciudad de los templos. Así se haría el viaje más llevadero.
Phnom Penh y Siem Reap están separadas por unos trescientos kilómetros. Las condiciones de la carretera hace que parezcan más bien quinientos y, siendo como era de noche, casi mil. Si salimos de la capital a eso de las cinco, no llegamos sino hasta bien pasada la media noche. En el camino nos dio tiempo a cenar en un pueblo perdido donde seríamos, seguro, los primeros extranjeros que pasaban. Pudimos contar innumerables bodas y saltamos, casi volvamos, sobre infinitos baches. Afortunadamente, la guest house nos esperaba.
A la mañana siguiente nos tocaba despertarnos pronto para ver la salida del sol sobre los templos. Apenas contábamos con tres o cuatro horas de sueño. Sin saber cómo, somnolientos, nos montamos en un tuk tuk y a las seis de la mañana, puntuales, estábamos en la taquilla de entrada. Unos minutos más tarde, al amanecer, y con el cielo todavía cubierto frente al templo de Angkor Wat, una frase venía a mi cabeza: "vingt siècles vous contemplent". La frase no la aprendí de Napoleón, sino de Panoramix, y mi visión no era las pirámides de Egipto, sino los templos de Angkor Wat. Los siglos también eran algunos menos, pero la sensación de estar en otro mundo era real.
A pesar de que unas nubes impedían que el sol rompiera, la nave principal de Angkor Wat se comenzaba a reflejar con claridad en un estanque que, incluso al final de la estación seca, albergaba bastante agua. Se erguía majestuoso, solemne, casi mágico. Los cientos de personas que nos reuníamos en ese momento guardábamos un silencio respetuoso.
Amanecer sobre Angkor Wat en un día nublado
Tras ese momento mágico, algo más mundano, el hambre, nos recordó que apenas habíamos cenado la noche anterior. Uno tras otro, varios niños camboyanos nos recordaban cuál era el puesto de comida de su familia. James, como Bond, así decía llamarse uno, nos decía que su puesto era el 007. Justin, como Bieber o Timberlake, nos invitaba al 99. La mezcla de turismo y negocio se palpaba en cada metro. No recuerdo cuál elegimos, pero sí que nos supo a gloria, especialmente la leche condensada.
Tras habernos dado un poco de tiempo, el que nos permitía alejarnos de la marabunta, comenzamos el recorrido tradicional: Ankor Wat, Bayon, Baphuon, la Terraza de los Elefantes, Ta Prohm y Banteay Kdel. Cada templo tenía algo que lo hacía especial. El complejo de Angkor Wat es impresionante. Lo son sus estanques, la muralla, sus mosaicos, sus cinco niveles de altura que hacen que siempre mires hacia arriba y las estancias que difícilmente puedes imaginar llenas de vida. En Bayon, el templo de las mil caras, uno se siente observado por cada una de ellas. Lo hacen de alguna manera a pesar de tener, todas, los ojos cerrados, como meditando. Te acompañan durante la visita, te guían y, ciertamente, te hacen pensar.
Tras Bayon, encuadrado en el complejo de Angkor Thom, visitamos Baphuon, bien conservado y con su Buda tumbado. Delante de Baphuon se encuentra la Terraza de los Elefantes, llamada así por los relieves que la presiden. Inmensa, sobre una gran explanada, uno se puede imaginar como desfilaban delante de ella los ejércitos victoriosos del rey tras las campañas militares. Después de la ciudad de Angkor Tom, nos dirigimos a Ta Prohm, el templo de la decadencia. En medio de la selva y oculto por ésta, gigantescos árboles todavía lo consumen. Intermibables raíces que provienen de los lugares más inverosímiles, abrazan sus ventanas y las engullen ahogando la piedra. Ésta, sin embargo, resiste. No como nosotros que, por entonces y tras horas andando bajo un calor sofocante, nos moríamos de hambre. Sinouen, nuestro conductor de tuk tuk, nos llevó al restaurante más cercano con el único requisito de que tuviera aire acondicionado. Finalmente fue sólo un ventilador, pero nos sirvió igual.
Pináculos de Angkor Wat, cara de Bayon y árbol devorando un muro de Ta Prohm
Repuestos ligeramente, nos dispusimos a visitar el último templo que queríamos ver: Banteay Kdel. Desde allí y sin descanso, volvimos a la ciudad y paseamos por las calles de Siem Reap, donde viven los herederos de la cultura que habíamos conocido desde la mañana. Poco o nada tienen que ver. Quizás tengan en común cierta decadencia; la de lo antiguo de los templos y la de los valores de una sociedad que vive volcada en un desarrollismo "a toda costa". En cualquier caso, lo pasamos bien. La oferta de ocio parece haber mejorado algo desde la última vez que estuve. Cocktails, cena, helados y varias cervezas después, incluso arañas y foot massage, el recuerdo de que al día siguiente debíamos madrugar para volver a Phnom Penh, nos hizo volver a la guest house. El viaje de vuelta sería un barco, un bote más bien. Con él se completaba un viaje que comenzó en taxi y siguió en tuk tuk. Sin más baches que alguna ola suelta, siete horas después de cogerlo, estábamos de vuelta en la capital.
Anexo:
- Angkor Wat, Patrimonio de la Humanidad según la UNESCO: http://whc.unesco.org/en/list/668
- Angkor Wat, artículo de Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Angkor_Wat
- Vídeo de National Geographic, "Angkor Wat, the Lost City": http://video.nationalgeographic.com/video/ancient-mysteries/angkor-wat-temples
Mapa de los templos
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Ubicación:
Siem Reap, Cambodia
jueves, 6 de marzo de 2014
Serie Cambodian Cuisine Festival: Amok Trey
Después de un año en Camboya y al acercarse la fecha de la próxima Charity Party de PSE, caigo en la cuenta de que en todo este tiempo apenas he hablado de algo tan básico como las cosas que se comen aquí. Es cierto que alguna vez he mencionado ranas, arañas, grillos, cucarachas; quizás incluso serpientes, pero la verdad es que no son "el menú habitual".
Mencionaba antes la Charity Party y lo hacía porque su objetivo es reunir en Phnom Penh tanto a locales como extranjeros con la excusa de promocionar la cocina camboyana y, a la vez, la misión de PSE. Como todos los años, se celebra a final de marzo. Yo, desde hoy hasta entonces, me comprometo a hablar de la comida de Camboya, prometiendo, a la vez, que esto no se convertirá en un blog culinario ni en una guía de restaurantes.
Empiezo con uno de mis platos favoritos: Amok Trey (Trey o trai es "pescado" en camboyano; es una de las pocas cosas que sé). Se dice de él que es el plato nacional de Camboya.
Ingredientes:
Mencionaba antes la Charity Party y lo hacía porque su objetivo es reunir en Phnom Penh tanto a locales como extranjeros con la excusa de promocionar la cocina camboyana y, a la vez, la misión de PSE. Como todos los años, se celebra a final de marzo. Yo, desde hoy hasta entonces, me comprometo a hablar de la comida de Camboya, prometiendo, a la vez, que esto no se convertirá en un blog culinario ni en una guía de restaurantes.
Empiezo con uno de mis platos favoritos: Amok Trey (Trey o trai es "pescado" en camboyano; es una de las pocas cosas que sé). Se dice de él que es el plato nacional de Camboya.
Ingredientes:
- 12-15 hojas de lima ralladas (desechada la nervadura)
- 1 tallo picado de lemongrass (sólo la parte blanca)
- 1 galanga pelada y picada en trozos 1 cm
- 3 dientes de ajo picados
- 350 ml. de leche de coco
- 1 cucharada de pasta de gambas
- 2 cucharadas de salsa de pescado
- 1 cucharada de azúcar de palma
- Sal
- 700 gramos de filetes de perca sin espinas, pelados y cortados en trozos pequeños
- 2-3 hojas de plátano
- 6 pinchos de bambú (en realidad, vale cualquier pincho o palillo)
- Arroz
Preparación:
Con un mortero, preparar una pasta con las hojas de lima, el tallo de lemongrass, la galanga y los ajos. Incorporar la pasta a una sartén grande y mezclarla con la leche de coco. Añadir la pasta de gambas, la salsa de pescado, el azúcar y una pizca de sal. Cocinar la mezcla a fuego lento durante unos tres minutos hasta que esté suave. Agregar el pescado y continuar cocinando durante cinco minutos hasta que el pescado esté listo. Retirar del fuego.
A continuación, recortar los bordes duros de las hojas de plátano, con cuidado de no romperlas. Preparar con las hojas seis cuadrados de 24 centímetros de lado. Del sobrante, cortar seis tiras de 8 x 24 centímetros aproximadamente. Poner a hervir una olla grande de agua y preparar un recipiente con agua helada. Una vez el agua haya hervido, trabajar del siguiente modo con las tiras, una a una: utilizando unas pinzas, sumergir durante un minuto la hoja en el agua hasta que se ablande. Inmediatamente después, sumergirla en agua helada, escurrir y secar con un paño de cocina.
Colocar una de las tiras en el centro de uno de los cuadrados y poner sobre ella una sexta parte de la mezcla de pescado. Juntar los extremos de la tira y mantenerlos por encima de la mezcla. Con la otra mano, encerrar la mezcla con los otros vértices del cuadrado y asegurar con un pincho de bambú. Repetir el proceso con el resto de hojas de plátano y la mezcla de pescado.
Por último, distribuir los paquetes en una cacerola de agua hirviendo a fuego lento. Tapar y cocinar durante 40 minutos. Servir con arroz.
Ración de Amok Trey
Nota del autor: Por supuesto, he de reconocer que he sido incapaz de prepararlo yo mismo. Incluso reconozco que hay alguno de los ingredientes que hasta ahora ignoraba (ej. Galanga)
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Phnom Penh, Camboya
domingo, 23 de febrero de 2014
Mientras tanto, en Camboya
En las últimas semanas, ésta especialmente, los canales internacionales reproducen sin cesar los acontecimientos en Tailandia, primero, y Ucrania y Venezuela más tarde. Son noticias que sigo con preocupación. Las de Tailandia, por motivos evidentes: vivo a una hora de avión de allí y hace poco viajé a Bangkok, donde tuve la ocasión de visitar el campamento donde se concentran los indignados. Las de Ucrania, porque las cifras de muertos son escandalosas y la proximidad a Europa convierte al conflicto en algo casi "casero". Por último, el caso de Venezuela me duele especialmente porque conozco a varios amigos de allí que, afortunada o desafortunadamente, viven fuera de su país y que me cuentan mucho más de lo que se lee, se escucha o se ve.
Por supuesto, todas son noticas que merecen tratarse. Deberían incluso tratarse más, con más detalle y no como, a veces, una medalla más de las Olimpiadas de Sochi, la London Fashion Week o la última detención de un famoso cantante. El caso es que mientras tanto, mientras se mezclan noticias importantes con otras que lo son menos, se olvidan otras que se parecen más a las primeras. Mientras tanto, por ejemplo, en Camboya pasan muchas cosas que no se saben más que aquí.
Lo que sucede en Camboya, lo que lleva sucediendo desde hace mucho tiempo, al menos el que llevo yo aquí, podría resumirse haciendo un paralelismo con el caso tailandés. Al fin y al cabo son países de la misma región y con una tradición y cultura similares. Ambos son monarquías constitucionales y su situación política es bastante similar. Camboya celebró sus últimas elecciones a finales de julio; el Parlamento se constituyó más de dos meses después sólo con el partido mayoritario. A día de hoy, la oposición no ha tomado posesión de sus cargos y se manifiesta continuamente en la calle. En ambos países, la oposición ganó en las capitales y ciudades principales, pero el Gobierno se sostiene gracias al voto rural, muchas veces subvencionado y, en el caso camboyano, además, a través de un control férreo, (casi) dictatorial de todas las herramientas del Estado.
En Camboya se suceden las huelgas. Las huelgas políticas, sí, y las huelgas de los trabajadores de muchos sectores, el textil a la cabeza. Se suceden las huelgas mientras el Gobierno impide ese derecho con grandes campañas en prensa. Nunca he sido un sindicalista. Tampoco aquí considero que lo sea. Los trabajadores camboyanos luchan por un salario digno (cien dólares) que les permita vivir y ahorrar en un país donde la inflación crece de una manera tan evidente que te das cuenta en el supermercado. En Camboya el Gobierno hace y deshace a su antojo, expropiando terrenos a precios irrisorios (cuando los hay) y expulsando, literalmente, a los legítimos inquilinos. En Camboya hay mucha pobreza, hay abusos, hay secuestros, muchas miserias. En Camboya pasan muchas cosas que nadie cuenta.
Supongo que al fin y al cabo Tailandia tiene sesenta y cinco millones de habitantes y Camboya "sólo" catorce, que el PIB tailandés ocupa el vigésimo tercer lugar en el mundo, mientras que Camboya está más allá del cien. Supongo que Ucrania es un cruce de caminos entre Europa y la poderosa Rusia y que Venezuela tiene petróleo. Supongo muchas cosas. También que al estar en Camboya lo que pasa aquí me parece más importante por tocarme más de cerca. Supongo, en fin, que no todos los problemas se pueden solucionar de golpe, pero al menos hay que contarlos para saber que existen.
Anexo:
Referencias sobre noticias en Camboya:
Por supuesto, todas son noticas que merecen tratarse. Deberían incluso tratarse más, con más detalle y no como, a veces, una medalla más de las Olimpiadas de Sochi, la London Fashion Week o la última detención de un famoso cantante. El caso es que mientras tanto, mientras se mezclan noticias importantes con otras que lo son menos, se olvidan otras que se parecen más a las primeras. Mientras tanto, por ejemplo, en Camboya pasan muchas cosas que no se saben más que aquí.
Lo que sucede en Camboya, lo que lleva sucediendo desde hace mucho tiempo, al menos el que llevo yo aquí, podría resumirse haciendo un paralelismo con el caso tailandés. Al fin y al cabo son países de la misma región y con una tradición y cultura similares. Ambos son monarquías constitucionales y su situación política es bastante similar. Camboya celebró sus últimas elecciones a finales de julio; el Parlamento se constituyó más de dos meses después sólo con el partido mayoritario. A día de hoy, la oposición no ha tomado posesión de sus cargos y se manifiesta continuamente en la calle. En ambos países, la oposición ganó en las capitales y ciudades principales, pero el Gobierno se sostiene gracias al voto rural, muchas veces subvencionado y, en el caso camboyano, además, a través de un control férreo, (casi) dictatorial de todas las herramientas del Estado.
En Camboya se suceden las huelgas. Las huelgas políticas, sí, y las huelgas de los trabajadores de muchos sectores, el textil a la cabeza. Se suceden las huelgas mientras el Gobierno impide ese derecho con grandes campañas en prensa. Nunca he sido un sindicalista. Tampoco aquí considero que lo sea. Los trabajadores camboyanos luchan por un salario digno (cien dólares) que les permita vivir y ahorrar en un país donde la inflación crece de una manera tan evidente que te das cuenta en el supermercado. En Camboya el Gobierno hace y deshace a su antojo, expropiando terrenos a precios irrisorios (cuando los hay) y expulsando, literalmente, a los legítimos inquilinos. En Camboya hay mucha pobreza, hay abusos, hay secuestros, muchas miserias. En Camboya pasan muchas cosas que nadie cuenta.
Supongo que al fin y al cabo Tailandia tiene sesenta y cinco millones de habitantes y Camboya "sólo" catorce, que el PIB tailandés ocupa el vigésimo tercer lugar en el mundo, mientras que Camboya está más allá del cien. Supongo que Ucrania es un cruce de caminos entre Europa y la poderosa Rusia y que Venezuela tiene petróleo. Supongo muchas cosas. También que al estar en Camboya lo que pasa aquí me parece más importante por tocarme más de cerca. Supongo, en fin, que no todos los problemas se pueden solucionar de golpe, pero al menos hay que contarlos para saber que existen.
Anexo:
Referencias sobre noticias en Camboya:
viernes, 17 de enero de 2014
La vuelta a @psncamboya
Desde el mismo momento en que publiqué que me encontraba en Singapur, apenas a una hora y media de vuelo de Phnom Penh, empecé a recibir mensajes de mis compañeros camboyanos. No les había dicho hasta entonces el día exacto en que volvía; entre otras cosas porque cuando me marché de aquí, no lo sabía ni yo. En ese inglés que sólo entendemos entre nosotros, me escribían palabras de cariño e ilusión por el regreso. Dos horas después, aterrizaba en Phnom Penh.
El día de mi llegada fue el típico día de jet lag. Habían pasado unas veinte horas desde que salí de Madrid y, sin embargo, en España era el mismo día. Había hecho una suerte de "regreso al futuro". La mañana se me escapó deshaciendo maletas y la tarde pasó rápido. En algún momento me debí dormir porque se me hizo muy corta. Llegó la noche y, con ella, la visita de Pablo y Carlota para cenar y ponernos al día. Parecía que no habían pasado los días, las cuatro semanas que había estado fuera. Al fin y al cabo, habíamos hablado durante casi todas las vacaciones. Aún así, teníamos muchas cosas que contarnos, todas buenas. Más tarde llegó mi hermano. Al verlo, se me hizo raro recordar que hacía unos meses era yo quien lo iba a buscar al aeropuerto. Tras una larga sobremesa, las risas y anécdotas dejaron paso al cansancio acumulado del viaje. Al día siguiente continuarían los reencuentros. Y fueron muchos.
El reencuentro con PSE fue realmente especial. Especial y difícil de describir. Es difícil no porque sea duro, al contrario. Es difícil porque "simplemente" es complicado. Es algo que saben los voluntarios que repiten cada verano, año tras año. Es algo que sabe la gente que colabora frecuentemente con la organización. Es algo que, desde luego, saben Pablo y Carlota. Es algo que ahora sé yo también. Es volver a ver a compañeros, a tus "nuevos amigos", a los niños. Es que te digan que los pequeños han preguntado por ti durante las semanas que has estado fuera. Es ver cómo se alegran al verte. Es... es algo que no se describe con palabras. Quizás la mejor manera de entenderlo sea viendo las fotografías de los niños para los que trabajamos que diariamente toma Carlota. Quizás sólo así pueda explicar lo que significa volver a PSE. Aquí hay sólo una. Os animo a verlas todas en la cuenta de Instagram @psncamboya.
El día de mi llegada fue el típico día de jet lag. Habían pasado unas veinte horas desde que salí de Madrid y, sin embargo, en España era el mismo día. Había hecho una suerte de "regreso al futuro". La mañana se me escapó deshaciendo maletas y la tarde pasó rápido. En algún momento me debí dormir porque se me hizo muy corta. Llegó la noche y, con ella, la visita de Pablo y Carlota para cenar y ponernos al día. Parecía que no habían pasado los días, las cuatro semanas que había estado fuera. Al fin y al cabo, habíamos hablado durante casi todas las vacaciones. Aún así, teníamos muchas cosas que contarnos, todas buenas. Más tarde llegó mi hermano. Al verlo, se me hizo raro recordar que hacía unos meses era yo quien lo iba a buscar al aeropuerto. Tras una larga sobremesa, las risas y anécdotas dejaron paso al cansancio acumulado del viaje. Al día siguiente continuarían los reencuentros. Y fueron muchos.
El reencuentro con PSE fue realmente especial. Especial y difícil de describir. Es difícil no porque sea duro, al contrario. Es difícil porque "simplemente" es complicado. Es algo que saben los voluntarios que repiten cada verano, año tras año. Es algo que sabe la gente que colabora frecuentemente con la organización. Es algo que, desde luego, saben Pablo y Carlota. Es algo que ahora sé yo también. Es volver a ver a compañeros, a tus "nuevos amigos", a los niños. Es que te digan que los pequeños han preguntado por ti durante las semanas que has estado fuera. Es ver cómo se alegran al verte. Es... es algo que no se describe con palabras. Quizás la mejor manera de entenderlo sea viendo las fotografías de los niños para los que trabajamos que diariamente toma Carlota. Quizás sólo así pueda explicar lo que significa volver a PSE. Aquí hay sólo una. Os animo a verlas todas en la cuenta de Instagram @psncamboya.
Foto de PSE de @psncamboya http://instagram.com/psncamboya
domingo, 8 de diciembre de 2013
Boda de Vichhika y Mengsry. La fiesta con los niños
Tras dos días de boda, aún quedaba la mejor fiesta de todas. Era la que habíamos estado esperando desde el primer día: la fiesta con los niños. Al fin y al cabo, Vichhika y Mengsry son la madre y el padre para los casi quinientos niños que viven en PSE. Ellos fueron quienes más se alegraron cuando anunciaron su compromiso. Muchos de ellos ni siquiera sabían que salían juntos. Así son los noviazgos en Camboya.
Cuando la boda comenzó a planificarse sólo había una cosa clara: que los niños deberían participar. Vichhika y Mengsry querían hacerlos partícipes del momento y la mejor manera para hacerlo parecía organizar una fiesta en PSE. La idea era ofrecerles un menú especial más allá del sempiterno arroz, que pudiesen beber Coca-Cola y tomar un postre especial. Para ellos suponía un esfuerzo extra, ya que los gastos de esta comida correrían de su cargo. En todo caso, la idea se llevó a la práctica el domingo.
Aunque estaba previsto que la cena comenzase a partir de las cinco de la tarde, yo llegué a PSE alrededor de las tres. Me había comprometido a hacer una visita guiada a unos padrinos franceses. Al llegar antes de tiempo, pude disfrutar viendo la ilusión con la que los niños hinchaban globos para decorar el mismo espacio que el día antes había sido escenario del banquete. Los mayores coordinaban a los pequeños. Algunos no podían evitar jugar con los globos. Las chicas se maquillaban de blanco nuclear y se vestían con sus mejores galas, probablemente algunos vestidos donados. Para muchos de ellos sería, sin duda, la ocasión más feliz hasta el momento.
La tarde pasó rápido y la fiesta comenzó al caer la noche. La misma imagen de los novios con la que se recibió a los invitados el día anterior presidía el salón donde se celebraba "el banquete". Vichhika se había vuelto a vestir de novia por enésima vez. Las niñas querían hacerse una y mil fotos con ellas. Tantas, que tardamos mucho en empezar a cenar. El menú era un curry de pollo, Coca-Cola y postre. Los mayores llenaban los cuencos de curry y los llevaban a las mesas donde los niños, impacientes, sentían ansia por comer el plato especial. Tenían, a la vez, ganas de repetir y de acabar para que empezara el baile.
Después de una ronda de música a todo volumen, los niños, impulsados por las cuidadoras que trabajan con Vichhika y Mengsry, los rodearon para, en una canción lenta, verlos bailar. Tras unos momentos de silencio, breves, comenzaron a pedirles que se dieran un beso. Tras mucha insistencia sólo consiguieron que Vichhika cogiera el micrófono. Lo hizo para agradecerles que estuvieran con ellos y para explicarles cómo se habían conocido, cómo habían aprendido a respetarse y cómo habían esperado a casarse hasta que se lo habían podido permitir. Pretendía servirles de ejemplo. Y lo hizo. Los niños y los no tan niños, incluso los que no la entendíamos, la escuchábamos emocionados. Fue el mejor final que pudo tener la boda que se organizó en menos de un mes y que duró tres largos días; la boda de mis amigos Vichhika y Mengsry.
Cuando la boda comenzó a planificarse sólo había una cosa clara: que los niños deberían participar. Vichhika y Mengsry querían hacerlos partícipes del momento y la mejor manera para hacerlo parecía organizar una fiesta en PSE. La idea era ofrecerles un menú especial más allá del sempiterno arroz, que pudiesen beber Coca-Cola y tomar un postre especial. Para ellos suponía un esfuerzo extra, ya que los gastos de esta comida correrían de su cargo. En todo caso, la idea se llevó a la práctica el domingo.
Aunque estaba previsto que la cena comenzase a partir de las cinco de la tarde, yo llegué a PSE alrededor de las tres. Me había comprometido a hacer una visita guiada a unos padrinos franceses. Al llegar antes de tiempo, pude disfrutar viendo la ilusión con la que los niños hinchaban globos para decorar el mismo espacio que el día antes había sido escenario del banquete. Los mayores coordinaban a los pequeños. Algunos no podían evitar jugar con los globos. Las chicas se maquillaban de blanco nuclear y se vestían con sus mejores galas, probablemente algunos vestidos donados. Para muchos de ellos sería, sin duda, la ocasión más feliz hasta el momento.
La tarde pasó rápido y la fiesta comenzó al caer la noche. La misma imagen de los novios con la que se recibió a los invitados el día anterior presidía el salón donde se celebraba "el banquete". Vichhika se había vuelto a vestir de novia por enésima vez. Las niñas querían hacerse una y mil fotos con ellas. Tantas, que tardamos mucho en empezar a cenar. El menú era un curry de pollo, Coca-Cola y postre. Los mayores llenaban los cuencos de curry y los llevaban a las mesas donde los niños, impacientes, sentían ansia por comer el plato especial. Tenían, a la vez, ganas de repetir y de acabar para que empezara el baile.
Después de una ronda de música a todo volumen, los niños, impulsados por las cuidadoras que trabajan con Vichhika y Mengsry, los rodearon para, en una canción lenta, verlos bailar. Tras unos momentos de silencio, breves, comenzaron a pedirles que se dieran un beso. Tras mucha insistencia sólo consiguieron que Vichhika cogiera el micrófono. Lo hizo para agradecerles que estuvieran con ellos y para explicarles cómo se habían conocido, cómo habían aprendido a respetarse y cómo habían esperado a casarse hasta que se lo habían podido permitir. Pretendía servirles de ejemplo. Y lo hizo. Los niños y los no tan niños, incluso los que no la entendíamos, la escuchábamos emocionados. Fue el mejor final que pudo tener la boda que se organizó en menos de un mes y que duró tres largos días; la boda de mis amigos Vichhika y Mengsry.
Ubicación:
Phnom Penh, Camboya
viernes, 6 de diciembre de 2013
Boda de Vichhika y Mengsry. La ceremonia y el banquete
De rosa y oro, como manda la tradición (o la moda), se vistió Mengsry el sábado por la mañana para iniciar la primera ceremonia del día: el Hai Goan Gomloh o la Procesión del Novio. Apenas había amanecido en Ta Khmao cuando Mengsry emprendía camino a casa de Vichhika. Lo hacía escoltado por sus orgullosos y aún somnolientos padrinos, quienes, vestidos como él, lo protegíamos del sol naciente con unas sombrillas, y acompañado por un gran séquito compuesto por su familia y amigos.
La procesión, como el resto de ceremonias, recordó uno de los ancianos rituales de la boda del príncipe Preah Thong con la princesa Neang Neak. En este caso pretendía recrear el viaje del príncipe al encuentro de la princesa. El séquito del príncipe, como el de Mengsry, traía regalos para la familia de su prometida. Los regalos que aportaba Mengsry eran fruta y postres que se ofrecieron más tarde a la familia de Vichhika. El recorrido fue animado por músicos y cantantes que con sus coros anunciaban la llegada de Mengsry al vecindario.
Una vez en la puerta de la casa de Vichhika, sus padres, actuando en su representación, revisaron los bienes que aportaba Mengsry y aceptaron su ofrenda. El emisario de Mengsry, su tío, anunció la buena noticia al séquito, que terminó por ser invitado a entrar en la casa. Fue entonces cuando Mengsry vio por primera vez, oficialmente, a Vichhika.
Reunidas las dos familias, se procedió a continuación al Rito de la Purificación, el Gaat Sah, que pretende “limpiar” a la pareja y prepararla para el matrimonio. Antes de ello, el primer cambio de vestuario: el rosa dejó paso al naranja, también para nosotros. Presidido por un monje que acompañaba a la pareja, el rito consistió en una representación casi teatral, a veces cómica, de escenas del matrimonio. La representación se realizó delante de los contrayentes que estaban flanqueados por sus respectivos padrinos. Tres hombres por parte del novio – Pablo, Monoron y yo – y tres mujeres por parte de la novia – tres chicas del internado de PSE.
Sin duda, los grandes protagonistas de la comedia fuimos Pablo y yo. El rito se representó delante de todos los asistentes y los comediantes que simulaban el teatro hicieron constante referencia a nosotros, hasta tal punto que nos invitaron a cantar enfrente de todos los invitados. Mi barba, por otra parte, era foco de risas y durante la comedia sabía que se referían a mí en cuanto pronunciaban la palabra pukmua, precisamente, barba.
Tras la representación de las escenas, el monje concluyó el rito invitando a los familiares y amigos a cortar el pelo y perfumar a los novios. Al cortar el pelo, o más bien simular que se hace, se suprime todo lo accesorio e inmaterial, así como la mala suerte. A través del perfume y el agua se purifica a los novios. Como padrinos, nuestra misión en el rito consistía en proveer de tijeras y perfume a los familiares y amigos que se ofrecían a participar en la ceremonia, así como sujetar el jarrón de agua que los invitados utilizaban para “bautizar” a los novios.
Al Rito de Purificación le siguieron unos rezos oficiados por el monje budista como último paso previo al matrimonio. Estos rezos se conocen como Bang Chhat Madaiy u Honoración de los Padres. El respeto a la familia es muy importante en muchas tradiciones. También en la budista. Durante los rezos del Chhat Madaiy, el monje recordó a Vichhika y Mengsry los esfuerzos de sus padres por criarlos y proveerles de una educación, algo que tendrán que hacer ellos mismos cuando tengan descendencia. Quizás el símbolo más interesante de la ceremonia fue la sombrilla con la que Vichhika debía proteger a su madre.
Una ceremonia se sucedía tras otra con pausas entre medias, entre ellas la que nos permitió desayunar. En cada descanso, la pregunta más común que nos hacíamos "los extranjeros" era: ¿Pero se han casado ya? Hasta le momento la respuesta seguía siendo "No". Pero faltaba poco. Apenas dos ceremonias: Bongvul Pbopul (Bendiciones familiares) y Sompeas Ptem (Ceremonia de los Nudos). Fueron las últimas de la mañana.
Para representar la primera, un grupo de parejas casadas debían hacer un círculo alrededor de los novios. Lo hicieron y a continuación encendieron tres velas que fueron pasando de mano en mano en el sentido de las agujas del reloj, hasta completar siete vueltas. El por qué de las siete lo desconozco, pero sin duda es un "número mágico". Mientras lo hacían daban sus bendiciones a la pareja. Sólo lo podían hacer ellos, parejas casadas, ya que se supone que sólo ellas pueden transmitir buena suerte o, al menos, la suerte que necesitan los novios de cara al matrimonio.
Por fin llegamos al último rito de la mañana, el de la Ceremonia de los Nudos. "Los extranjeros" creímos entonces, sólo creímos, que para entonces los novios ya estaban formalmente casados. Los invitados que quisieron, uno a uno, desfilaron delante de los novios, que los esperaban sentados. Se detenían frente a ellos y les anudaban un hilo rojo en la muñeca a modo de pulsera. Más tarde nos comentaron que los novios, ya marido y mujer, deberían llevar las pulseras durante tres días para mantener la buena suerte. A la vez, los amigos aprovechaban para sacar fotos con las decenas de móviles, tablets y cámaras de foto que tenían.
Ya casados y cansados de tanto rito, especialmente Mengsry, a quien se le vio algún bostezo que otro durante las interminables ceremonias, tocaba la hora de comer. Así sería el plan de lo que quedaba por hacer el resto del día: comida y cena. Al menos eso creíamos. La comida fue rápida, sí. Sin necesidad de desplazamientos, almorzamos en las mesas que había alrededor de casa de Vichhika. Más tarde, la cena no sería igual de rápida. Descubrimos y experimentamos que era el momento donde los padrinos teníamos más trabajo.
Desde primera hora de la tarde, un salón improvisado en las pistas cubiertas de baloncesto de PSE estaba preparado para acoger el banquete. Nunca se había visto una cosa igual. Los niños esperaban impacientes ver llegar a los invitados y las niñas se agolpaban en la puerta de la habitación donde Vichhika se cambiaba de vestido (tres veces durante la cena). Mientras, los padrinos, alineados en dos filas en la entrada del salón, recibíamos desde las cinco de la tarde, uno a uno, a los más de cuatrocientos invitados repartidos en cuarenta mesas de diez. Los tres hombres y las tres chicas los saludábamos: Chum rep sua! Pablo, el primero de la fila, les entregaba un llavero que cogía de un cuenco que yo sostenía. Las chicas hacían lo propio en su fila. La mayoría, por la novedad, querían coger el regalo de nuestro lado.
Si duda, Pablo y yo fuimos las atracciones de la tarde. Conocíamos a casi todos los invitados. Quienes no eran trabajadores de PSE eran miembros de las respectivas familias con quienes habíamos coincidido durante la tarde anterior y la misma mañana. Nuestros compañeros de trabajo eran los más sorprendidos al vernos vestidos con los trajes tradicionales. Fueron incontables las veces en que nos repitieron saart, guapos. El piropo sólo competía con la expresión Khmer style good! Durante el desfile de invitados, también nosotros hicimos de modelo. Primero vestidos de plata, después con un traje blanco (pantalones y chaqueta) y, finalmente, con nuestro traje occidental. Nos íbamos alternando para cambiarnos y sólo cuando todos los invitados estaban sentados pudimos nosotros hacer lo propio, ya con el traje que habíamos traído.
Una vez dentro, el banquete no distaba mucho de uno occidental salvo por la música omnipresente desde el escenario durante toda la cena. Incluso los novios hicieron su entrada en el salón de manera muy parecida a como lo haríamos en nuestra tradición. Fue en ese momento cuando alguien cogió un micrófono y los animó a besarse. Presionados por el círculo de personas que los rodeaba, "apenas" consiguió que se arrancasen un tímido beso en las mejillas y la frente. "Apenas" aparece deliberadamente entrecomillas; "apenas" porque probablemente era el primer beso que se daban.
Así, entre celebraciones y primeras veces, con esos primeros besos inocentes, acabó una jornada que había empezado muchas horas antes, cerca de las cuatro de la mañana. Había que descansar porque aún quedaba una jornada más de celebración. Una que no estaba escrita en las tradiciones ni en los manuales. Una que hizo que la boda fuera más especial si cabe.
La procesión, como el resto de ceremonias, recordó uno de los ancianos rituales de la boda del príncipe Preah Thong con la princesa Neang Neak. En este caso pretendía recrear el viaje del príncipe al encuentro de la princesa. El séquito del príncipe, como el de Mengsry, traía regalos para la familia de su prometida. Los regalos que aportaba Mengsry eran fruta y postres que se ofrecieron más tarde a la familia de Vichhika. El recorrido fue animado por músicos y cantantes que con sus coros anunciaban la llegada de Mengsry al vecindario.
Una vez en la puerta de la casa de Vichhika, sus padres, actuando en su representación, revisaron los bienes que aportaba Mengsry y aceptaron su ofrenda. El emisario de Mengsry, su tío, anunció la buena noticia al séquito, que terminó por ser invitado a entrar en la casa. Fue entonces cuando Mengsry vio por primera vez, oficialmente, a Vichhika.
Recepción de las ofrendas
Reunidas las dos familias, se procedió a continuación al Rito de la Purificación, el Gaat Sah, que pretende “limpiar” a la pareja y prepararla para el matrimonio. Antes de ello, el primer cambio de vestuario: el rosa dejó paso al naranja, también para nosotros. Presidido por un monje que acompañaba a la pareja, el rito consistió en una representación casi teatral, a veces cómica, de escenas del matrimonio. La representación se realizó delante de los contrayentes que estaban flanqueados por sus respectivos padrinos. Tres hombres por parte del novio – Pablo, Monoron y yo – y tres mujeres por parte de la novia – tres chicas del internado de PSE.
Sin duda, los grandes protagonistas de la comedia fuimos Pablo y yo. El rito se representó delante de todos los asistentes y los comediantes que simulaban el teatro hicieron constante referencia a nosotros, hasta tal punto que nos invitaron a cantar enfrente de todos los invitados. Mi barba, por otra parte, era foco de risas y durante la comedia sabía que se referían a mí en cuanto pronunciaban la palabra pukmua, precisamente, barba.
Risas durante la ceremonia
Al Rito de Purificación le siguieron unos rezos oficiados por el monje budista como último paso previo al matrimonio. Estos rezos se conocen como Bang Chhat Madaiy u Honoración de los Padres. El respeto a la familia es muy importante en muchas tradiciones. También en la budista. Durante los rezos del Chhat Madaiy, el monje recordó a Vichhika y Mengsry los esfuerzos de sus padres por criarlos y proveerles de una educación, algo que tendrán que hacer ellos mismos cuando tengan descendencia. Quizás el símbolo más interesante de la ceremonia fue la sombrilla con la que Vichhika debía proteger a su madre.
Una ceremonia se sucedía tras otra con pausas entre medias, entre ellas la que nos permitió desayunar. En cada descanso, la pregunta más común que nos hacíamos "los extranjeros" era: ¿Pero se han casado ya? Hasta le momento la respuesta seguía siendo "No". Pero faltaba poco. Apenas dos ceremonias: Bongvul Pbopul (Bendiciones familiares) y Sompeas Ptem (Ceremonia de los Nudos). Fueron las últimas de la mañana.
Para representar la primera, un grupo de parejas casadas debían hacer un círculo alrededor de los novios. Lo hicieron y a continuación encendieron tres velas que fueron pasando de mano en mano en el sentido de las agujas del reloj, hasta completar siete vueltas. El por qué de las siete lo desconozco, pero sin duda es un "número mágico". Mientras lo hacían daban sus bendiciones a la pareja. Sólo lo podían hacer ellos, parejas casadas, ya que se supone que sólo ellas pueden transmitir buena suerte o, al menos, la suerte que necesitan los novios de cara al matrimonio.
Espectadoras siguiendo los diferentes ritos
Por fin llegamos al último rito de la mañana, el de la Ceremonia de los Nudos. "Los extranjeros" creímos entonces, sólo creímos, que para entonces los novios ya estaban formalmente casados. Los invitados que quisieron, uno a uno, desfilaron delante de los novios, que los esperaban sentados. Se detenían frente a ellos y les anudaban un hilo rojo en la muñeca a modo de pulsera. Más tarde nos comentaron que los novios, ya marido y mujer, deberían llevar las pulseras durante tres días para mantener la buena suerte. A la vez, los amigos aprovechaban para sacar fotos con las decenas de móviles, tablets y cámaras de foto que tenían.
Ya casados y cansados de tanto rito, especialmente Mengsry, a quien se le vio algún bostezo que otro durante las interminables ceremonias, tocaba la hora de comer. Así sería el plan de lo que quedaba por hacer el resto del día: comida y cena. Al menos eso creíamos. La comida fue rápida, sí. Sin necesidad de desplazamientos, almorzamos en las mesas que había alrededor de casa de Vichhika. Más tarde, la cena no sería igual de rápida. Descubrimos y experimentamos que era el momento donde los padrinos teníamos más trabajo.
Desde primera hora de la tarde, un salón improvisado en las pistas cubiertas de baloncesto de PSE estaba preparado para acoger el banquete. Nunca se había visto una cosa igual. Los niños esperaban impacientes ver llegar a los invitados y las niñas se agolpaban en la puerta de la habitación donde Vichhika se cambiaba de vestido (tres veces durante la cena). Mientras, los padrinos, alineados en dos filas en la entrada del salón, recibíamos desde las cinco de la tarde, uno a uno, a los más de cuatrocientos invitados repartidos en cuarenta mesas de diez. Los tres hombres y las tres chicas los saludábamos: Chum rep sua! Pablo, el primero de la fila, les entregaba un llavero que cogía de un cuenco que yo sostenía. Las chicas hacían lo propio en su fila. La mayoría, por la novedad, querían coger el regalo de nuestro lado.
Padrinos, novios y damas de honor recibiendo a los invitados
Si duda, Pablo y yo fuimos las atracciones de la tarde. Conocíamos a casi todos los invitados. Quienes no eran trabajadores de PSE eran miembros de las respectivas familias con quienes habíamos coincidido durante la tarde anterior y la misma mañana. Nuestros compañeros de trabajo eran los más sorprendidos al vernos vestidos con los trajes tradicionales. Fueron incontables las veces en que nos repitieron saart, guapos. El piropo sólo competía con la expresión Khmer style good! Durante el desfile de invitados, también nosotros hicimos de modelo. Primero vestidos de plata, después con un traje blanco (pantalones y chaqueta) y, finalmente, con nuestro traje occidental. Nos íbamos alternando para cambiarnos y sólo cuando todos los invitados estaban sentados pudimos nosotros hacer lo propio, ya con el traje que habíamos traído.
Una vez dentro, el banquete no distaba mucho de uno occidental salvo por la música omnipresente desde el escenario durante toda la cena. Incluso los novios hicieron su entrada en el salón de manera muy parecida a como lo haríamos en nuestra tradición. Fue en ese momento cuando alguien cogió un micrófono y los animó a besarse. Presionados por el círculo de personas que los rodeaba, "apenas" consiguió que se arrancasen un tímido beso en las mejillas y la frente. "Apenas" aparece deliberadamente entrecomillas; "apenas" porque probablemente era el primer beso que se daban.
Así, entre celebraciones y primeras veces, con esos primeros besos inocentes, acabó una jornada que había empezado muchas horas antes, cerca de las cuatro de la mañana. Había que descansar porque aún quedaba una jornada más de celebración. Una que no estaba escrita en las tradiciones ni en los manuales. Una que hizo que la boda fuera más especial si cabe.
Novios entrando en el salón y padrinos junto con niños de PSE
Ubicación:
Phnom Penh, Camboya
miércoles, 4 de diciembre de 2013
Boda de Vichhika y Mengsry. La víspera de la boda: las bendiciones de los monjes
Sin saber exactamente dónde íbamos y, desde luego, sin idea alguna de lo que teníamos que hacer, el viernes a las dos de la tarde, bajo un sol de justicia, nos embarcamos en una furgoneta llena de desconocidos hacia la vecina Ta Khmao. Allí, en una ciudad limítrofe con Phnom Penh, vivía Vichhika y allí, en su casa, se celebrarían la mayor parte de los ritos de su enlace con Mengsry.
"Pantalones oscuros, camisa blanca, unos zapatos y calcetines negros". Éstas eran las únicas indicaciones que, como padrinos por parte del novio, teníamos Pablo y yo. Desde primera hora de la mañana llevábamos un petate con todo y en el trayecto en furgoneta (más de media hora para cubrir poco más de diez kilómetros) pretendimos descubrir qué teníamos que hacer. Poco pudimos adivinar porque ninguno de los pasajeros hablaba inglés. Eran parientes de Mengsry; sus tíos, hermanos y primos.
Mi compañero de sitio durante el viaje fue un estudiante de la escuela de audiovisuales de PSE, con quien hablé sobre sus motivos para elegir la escuela de cine y sus expectativas de futuro. Quería ayudar al resurgir del cine camboyano, masacrado durante la época de los Khemeres Rojos. Pretende, al graduarse, crear su propia empresa de producción desde la que ofrecer diversos servicios, entre ellos el de reportajes de boda. A eso precisamente se disponía, ya que PSE ponía a los estudiantes de la escuela de audiovisuales a disposición de los novios.
Como por inercia, llegamos a casa de Vichhika. Con una mezcla de incredulidad y sorpresa nos dimos cuenta de que la mujer que nos saludaba, efectivamente, era ella. Ingentes cantidades de maquillaje blanqueaban su piel haciéndola prácticamente irreconocible. El peinado, tan distinto al que nos acostumbra, una sencilla coleta, no ayudaba a reconocerla. Y su vestido, el de la princesa naga, nada tenía que ver con su atuendo diario de andar por casa. Habíamos llegado con tiempo, nos dijo. No hacía falta que nos cambiásemos para vestir un atuendo camboyano; únicamente teníamos que ponernos nuestra ropa y esperar durante una hora aproximadamente a que llegasen los monjes y comenzasen sus cantos budistas.
Aprovechamos el tiempo de espera para conocer a su familia. Conocimos a sus padres, de los que es la viva imagen, y a sus abuelas, la mayor de noventa y siete años. Descubrimos también los rincones de su casa. Como muchas madres, la de Vichhika tiene una especie de altar con recuerdos de su hija. Desde fotos de pequeña o su título universitario a la entrega del diploma por el mismísimo Hun Sen. Fue divertido verlo.
Mientras tanto, Mengsry se vestía. Estaba tranquilo. Durante este mes frenético para ellos, siempre lo ha estado. No había traído calcetines, así que le dejé los míos. Unos calcetines negros de Primark con los nombres de la semana en la planta. Ponía "Monday" y no "Friday". Aún nos sobró tiempo para refrescarnos antes de que empezase la ceremonia. Hacía calor, pero la sombra de un árbol en el jardín lo hacía más llevadero.
De repente, llegaron los monjes. El naranja de sus atuendos contrastaba con el blanco y rojo de los novios, que en la espera se habían hecho la primera fotografía juntos. De manera un tanto aturrullada, comenzó la ceremonia en el salón de la casa, que estaba decorado para la ocasión. Unas alfombras rojas cubrían el suelo y un altar con incienso y otras ofrendas presidía la sala. En la pared del altar, una referencia a la fecha de la boda, 30-11-2013 (el día siguiente), y un texto en camboyano escrito en poliestireno, indescifrable para nosotros. El salón era pequeño y no cabía toda la familia que se había reunido. No pasaba nada. Más tarde nos daríamos cuenta de la libertad con que la familia y los amigos deciden incorporarse o salir de los ritos durante las bodas camboyanas.
En el salón quedamos únicamente los novios, los padres de Vichhika, los tíos de Mengsry, yo mismo y, obviamente los monjes. En una sala adyacente, las abuelas de Vichhika y otras tres o cuatro mujeres. Sin apenas mediar palabra, comenzaron a recitar unos cantos que se prolongaron durante una media hora. Mengsry nos confesaría más tarde que no se había enterado de nada, ya que los rezos se hacían en pali, una lengua proveniente del sánscrito. En la liturgia, eso sí, parecían bendecirlos o purificarlos con agua, un gesto extendido en otras tradiciones, entre ellas la nuestra. Tras finalizar sus oraciones, la familia les entregó un sobre con dinero como agradecimiento y los despidió.
Finalizaba así la primera ceremonia de la boda y comenzaba el primer banquete del fin de semana. Lo hacía en la calle de la casa de Vichhika. Tocaba comer fuerte para coger fuerzas para lo que se avecinaba el día siguiente. Debíamos despertarnos a las cuatro de la mañana.
"Pantalones oscuros, camisa blanca, unos zapatos y calcetines negros". Éstas eran las únicas indicaciones que, como padrinos por parte del novio, teníamos Pablo y yo. Desde primera hora de la mañana llevábamos un petate con todo y en el trayecto en furgoneta (más de media hora para cubrir poco más de diez kilómetros) pretendimos descubrir qué teníamos que hacer. Poco pudimos adivinar porque ninguno de los pasajeros hablaba inglés. Eran parientes de Mengsry; sus tíos, hermanos y primos.
Mi compañero de sitio durante el viaje fue un estudiante de la escuela de audiovisuales de PSE, con quien hablé sobre sus motivos para elegir la escuela de cine y sus expectativas de futuro. Quería ayudar al resurgir del cine camboyano, masacrado durante la época de los Khemeres Rojos. Pretende, al graduarse, crear su propia empresa de producción desde la que ofrecer diversos servicios, entre ellos el de reportajes de boda. A eso precisamente se disponía, ya que PSE ponía a los estudiantes de la escuela de audiovisuales a disposición de los novios.
Como por inercia, llegamos a casa de Vichhika. Con una mezcla de incredulidad y sorpresa nos dimos cuenta de que la mujer que nos saludaba, efectivamente, era ella. Ingentes cantidades de maquillaje blanqueaban su piel haciéndola prácticamente irreconocible. El peinado, tan distinto al que nos acostumbra, una sencilla coleta, no ayudaba a reconocerla. Y su vestido, el de la princesa naga, nada tenía que ver con su atuendo diario de andar por casa. Habíamos llegado con tiempo, nos dijo. No hacía falta que nos cambiásemos para vestir un atuendo camboyano; únicamente teníamos que ponernos nuestra ropa y esperar durante una hora aproximadamente a que llegasen los monjes y comenzasen sus cantos budistas.
Aprovechamos el tiempo de espera para conocer a su familia. Conocimos a sus padres, de los que es la viva imagen, y a sus abuelas, la mayor de noventa y siete años. Descubrimos también los rincones de su casa. Como muchas madres, la de Vichhika tiene una especie de altar con recuerdos de su hija. Desde fotos de pequeña o su título universitario a la entrega del diploma por el mismísimo Hun Sen. Fue divertido verlo.
Vichhika recibiéndonos en su casa y pequeño altar con sus fotografías
Mientras tanto, Mengsry se vestía. Estaba tranquilo. Durante este mes frenético para ellos, siempre lo ha estado. No había traído calcetines, así que le dejé los míos. Unos calcetines negros de Primark con los nombres de la semana en la planta. Ponía "Monday" y no "Friday". Aún nos sobró tiempo para refrescarnos antes de que empezase la ceremonia. Hacía calor, pero la sombra de un árbol en el jardín lo hacía más llevadero.
Mengsry con sus calcetines improvisados y los dos tomando un refresco
De repente, llegaron los monjes. El naranja de sus atuendos contrastaba con el blanco y rojo de los novios, que en la espera se habían hecho la primera fotografía juntos. De manera un tanto aturrullada, comenzó la ceremonia en el salón de la casa, que estaba decorado para la ocasión. Unas alfombras rojas cubrían el suelo y un altar con incienso y otras ofrendas presidía la sala. En la pared del altar, una referencia a la fecha de la boda, 30-11-2013 (el día siguiente), y un texto en camboyano escrito en poliestireno, indescifrable para nosotros. El salón era pequeño y no cabía toda la familia que se había reunido. No pasaba nada. Más tarde nos daríamos cuenta de la libertad con que la familia y los amigos deciden incorporarse o salir de los ritos durante las bodas camboyanas.
En el salón quedamos únicamente los novios, los padres de Vichhika, los tíos de Mengsry, yo mismo y, obviamente los monjes. En una sala adyacente, las abuelas de Vichhika y otras tres o cuatro mujeres. Sin apenas mediar palabra, comenzaron a recitar unos cantos que se prolongaron durante una media hora. Mengsry nos confesaría más tarde que no se había enterado de nada, ya que los rezos se hacían en pali, una lengua proveniente del sánscrito. En la liturgia, eso sí, parecían bendecirlos o purificarlos con agua, un gesto extendido en otras tradiciones, entre ellas la nuestra. Tras finalizar sus oraciones, la familia les entregó un sobre con dinero como agradecimiento y los despidió.
Finalizaba así la primera ceremonia de la boda y comenzaba el primer banquete del fin de semana. Lo hacía en la calle de la casa de Vichhika. Tocaba comer fuerte para coger fuerzas para lo que se avecinaba el día siguiente. Debíamos despertarnos a las cuatro de la mañana.
Un momento de la ceremonia
Ubicación:
Phnom Penh, Camboya
martes, 3 de diciembre de 2013
Boda de Vichhika y Mengsry. Introducción
Este fin de semana he podido disfrutar de todos los ritos y ceremonias que acompañan a una boda khmer. Lo he hecho, además, en la boda de unos de mis mejores amigos camboyanos y desde un lugar privilegiado; el de padrino del novio.
La boda duró tres días. Tres días repartidos en diferentes escenarios donde he descubierto innumerables detalles y he entendido mejor las tradiciones de Camboya. Durante estos días, he aprendido que las distintas ceremonias en las que he participado pretenden recrear el origen mismo de Camboya. Los ritos representan el enlace del primer príncipe khmer, Preah Thong con Neang Neak, la princesa naga.
Así, según cuenta la tradición, el príncipe Preah Thong, un extranjero exiliado, se enamoró durante sus viajes de la princesa naga. Como regalo de boda, el padre de la princesa hundió una parte del océano dando lugar a la tierra que hoy ocupa Camboya.
Mengsry y Vichhika, como los mismísimos Preah Thong y Neang Neak han revivido la leyenda día a día y paso por paso. Lo han hecho acompañados de su familia, de sus amigos y de toda la gente a la que estiman. También de sus vecinos y de sus compañeros de trabajo, que son también los míos. Yo he tenido la suerte de acompañarlos junto a mis mejores amigos aquí, Pablo y Carlota. Juntos hemos aprendido mucho y disfrutado más. Sin duda, ha sido una experiencia que nunca olvidaremos.
Así, según cuenta la tradición, el príncipe Preah Thong, un extranjero exiliado, se enamoró durante sus viajes de la princesa naga. Como regalo de boda, el padre de la princesa hundió una parte del océano dando lugar a la tierra que hoy ocupa Camboya.
Mengsry y Vichhika, como los mismísimos Preah Thong y Neang Neak han revivido la leyenda día a día y paso por paso. Lo han hecho acompañados de su familia, de sus amigos y de toda la gente a la que estiman. También de sus vecinos y de sus compañeros de trabajo, que son también los míos. Yo he tenido la suerte de acompañarlos junto a mis mejores amigos aquí, Pablo y Carlota. Juntos hemos aprendido mucho y disfrutado más. Sin duda, ha sido una experiencia que nunca olvidaremos.
Vichhika y Mengsry en la primera jornada de su boda
Ubicación:
Phnom Penh, Camboya
jueves, 14 de noviembre de 2013
Historias para no dormir
China
En algún lugar de China se encuentra una niña que hasta hace unos días dormía con nosotros. Se ha escapado. Ha huido amenazada por no se sabe quién. Su madre, endeudada, la ha vendido para casarla con alguien que pagará sus deudas. Antes de cerrar el negocio exigió verla por videoconferencia para asegurarse de que era guapa. Ella no quería irse pero se ha escapado. Ha huido por miedo a que le hagan algo si no cumple su parte del trato. Un trato al que le obliga su familia. En China le esperará un matrimonio forzado. Si al cabo de un año no puede tener hijos, su nuevo marido la repudiará y se convertirá en una esclava sexual. ¿Acaso no lo es ya?
OBK
Una niña de apenas tres años es violada por su propio padre. Su padre biológico. Ha sido esta semana, no muy lejos de aquí, en lo que conocemos como OBK. Sus vecinos han ayudado a la madre a denunciarlo. Él ya está en la cárcel. Ahora su hermana mayor, de siete años, no quiere ir al colegio porque los otros niños la señalan con el dedo y se burlan de lo que ha hecho su padre.
Ambas historias podrían ser una
pesadilla, pero no lo son. Son historias reales. Son historias para no dormir.
miércoles, 13 de noviembre de 2013
La pagoda irreductible
Hay una pagoda en Phnom Penh que se ha erigido en símbolo de resistencia contra el poder establecido. Es la pagoda de Stung Meanchey. Es la pagoda por la que paso cada mañana al ir a trabajar.
Si durante la jornada electoral a finales de junio fue el principal foco de protesta contra el partido del Gobierno, este mes ha vuelto a estar de actualidad por acoger en sus inmediaciones una manifestación de empleados del sector textil. Aquella vez, la protesta se saldó con un par de coches de policía quemados. En este caso, las protestas han dejado un muerto: una vendedora ambulante.
Ayer por la mañana, íbamos a trabajar como todos los días. Al rodear la pagoda de Stung Meanchey, como hacemos siempre, nos dimos cuenta de que algo no iba bien. Había más gente que de costumbre en sitios donde normalmente apenas hay tráfico. Probablemente eran personas que intentaban escapar o evitar la manifestación. También se sentía un olor un tanto extraño. Quizás las primeras ruedas quemadas para hacer barricadas. En todo caso, en ese momento no supimos a qué se debía el alboroto. Fue durante el día cuando comenzamos a recibir más noticias.
Los trabajadores de "SL Garment Processing Cambodia (Ltd.)" llevan tiempo protestando por lo que entienden una injusta situación laboral. Reclaman una mejora de sus salarios y de sus condiciones de trabajo. Teniendo en cuenta la situación del país y de la industria en particular, sus reclamaciones deben ser razonables. En algunos medios se recoge también que los trabajadores exigen un cambio en la dirección. El nuevo responsable, indican, lleva tiempo intentando intimidar a aquellos trabajadores que pretenden sindicarse. Lo hace, supuestamente, a través de guardias de seguridad armados en la fábrica. Este punto puede ser más discutible.
La factoría de SL está en el barrio de Stung Meanchey. Al ser los monjes del barrio especialmente combativos por causas que consideran justas (ayer siete monjes fueron detenidos), es normal que la pagoda se convierta en centro de reunión. Lo fue, al menos, para más de mil personas. Por otra parte, el templo está situado en uno de los principales accesos a Phnom Penh. El puente en los alrededores conecta rápidamente con las avenidas principales de la ciudad. Prevenidos de que los manifestantes podrían intentar marchar al centro de Phnom Penh para protestar a las puertas de la residencia del Primer Ministro Hun Sen, un gran grupo de policías armados comenzaron a proteger el puente.
Fue entonces cuando empezaron los altercados. La intimidación de la policía fue respondida con ataques de los manifestantes. Al comenzar una redada en la pagoda un grupo de policías quedó aislado. En un primer momento, lanzaron disparos al aire que más tarde fueron a quemarropa. Se reportaron varios heridos y una persona fallecida. Se trataba de una mujer de cuarenta y nueve años que recibió una bala perdida. Ni siquiera participaba en la manifestación. Estaba vendiendo arroz en su puesto ambulante.
Todo esto sucedió entre las ocho de la mañana y el mediodía. Por la tarde, cuando pasamos por nuestro recorrido habitual para volver a casa, no quedaba ni rastro de lo sucedido durante el día. Así es Camboya.
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Si durante la jornada electoral a finales de junio fue el principal foco de protesta contra el partido del Gobierno, este mes ha vuelto a estar de actualidad por acoger en sus inmediaciones una manifestación de empleados del sector textil. Aquella vez, la protesta se saldó con un par de coches de policía quemados. En este caso, las protestas han dejado un muerto: una vendedora ambulante.
Ayer por la mañana, íbamos a trabajar como todos los días. Al rodear la pagoda de Stung Meanchey, como hacemos siempre, nos dimos cuenta de que algo no iba bien. Había más gente que de costumbre en sitios donde normalmente apenas hay tráfico. Probablemente eran personas que intentaban escapar o evitar la manifestación. También se sentía un olor un tanto extraño. Quizás las primeras ruedas quemadas para hacer barricadas. En todo caso, en ese momento no supimos a qué se debía el alboroto. Fue durante el día cuando comenzamos a recibir más noticias.
Los trabajadores de "SL Garment Processing Cambodia (Ltd.)" llevan tiempo protestando por lo que entienden una injusta situación laboral. Reclaman una mejora de sus salarios y de sus condiciones de trabajo. Teniendo en cuenta la situación del país y de la industria en particular, sus reclamaciones deben ser razonables. En algunos medios se recoge también que los trabajadores exigen un cambio en la dirección. El nuevo responsable, indican, lleva tiempo intentando intimidar a aquellos trabajadores que pretenden sindicarse. Lo hace, supuestamente, a través de guardias de seguridad armados en la fábrica. Este punto puede ser más discutible.
Manifestante huyendo de la policía dentro de la pagoda de Stung Meanchey. Fotografía del Phnom Penh Post
La factoría de SL está en el barrio de Stung Meanchey. Al ser los monjes del barrio especialmente combativos por causas que consideran justas (ayer siete monjes fueron detenidos), es normal que la pagoda se convierta en centro de reunión. Lo fue, al menos, para más de mil personas. Por otra parte, el templo está situado en uno de los principales accesos a Phnom Penh. El puente en los alrededores conecta rápidamente con las avenidas principales de la ciudad. Prevenidos de que los manifestantes podrían intentar marchar al centro de Phnom Penh para protestar a las puertas de la residencia del Primer Ministro Hun Sen, un gran grupo de policías armados comenzaron a proteger el puente.
Fue entonces cuando empezaron los altercados. La intimidación de la policía fue respondida con ataques de los manifestantes. Al comenzar una redada en la pagoda un grupo de policías quedó aislado. En un primer momento, lanzaron disparos al aire que más tarde fueron a quemarropa. Se reportaron varios heridos y una persona fallecida. Se trataba de una mujer de cuarenta y nueve años que recibió una bala perdida. Ni siquiera participaba en la manifestación. Estaba vendiendo arroz en su puesto ambulante.
Todo esto sucedió entre las ocho de la mañana y el mediodía. Por la tarde, cuando pasamos por nuestro recorrido habitual para volver a casa, no quedaba ni rastro de lo sucedido durante el día. Así es Camboya.
Contraste entre los medios de la policía y los manifestantes. Fotografías del Phnom Penh Post
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- SL Garment Processing Cambodia (Ltd.) cuenta en Camboya con más de 5.000 empleados, que producen ropa fundamentalmente para H&M y GAP, además de otras marcas como Levi's, Dockers, Hollister e incluso Zara. Company profile: http://www.slcambodia.com/compro.asp
- "Woman killed as police open fire during garment worker clash". Una mujer muere tras recibir un tiro de la policía durante una protesta de trabajadores del sector textil: http://www.cambodiadaily.com/news/woman-killed-as-police-open-fire-during-garment-worker-clash-46896/ (via Cambodia Daily)
- "Strikers, police crash". Enfrentamientos entre la policía y los manifestantes: http://www.phnompenhpost.com/national/strikers-police-clash (via Phnom Penh Post)
Etiquetas:
Camboya
Ubicación:
Phnom Penh, Camboya
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