Mostrando entradas con la etiqueta Familia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Familia. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de abril de 2014

Summercamp de primavera: la vuelta a casa

Todas las vacaciones llegan a su fin y todas las buenas vacaciones parecen cortas. Las nuestras, efectivamente, lo han sido. Hoy hemos llegado de vuelta a Phnom Penh cansados por el viaje y nostálgicos por lo que dejamos atrás. El lunes toca vuelta a las clases y al trabajo, pero siempre recordaremos las vacaciones en Siem Reap.

Foto de grupo de niños y monitores

Atrás quedan los últimos días, la visita a Banteay Srey, el nuevo día en casa de Tola o, incluso, la fiesta de despedida de anoche. No faltó de nada; una buena barbacoa, DJ's en directo, desfile de modelos preparado por los niños y show de baile por los más mayores. La fiesta empezó bien, con una buena cena. En el menú, el arroz dejaba de ser el hilo conductor, para dar paso al pollo frito, las brochetas de embutidos e, incluso, a un postre que no era fruta; coco jelly.

Barbacoa previa a la fiesta

Como si de una fiesta de fin de curso se tratara, los niños tenían que preparar un espectáculo. A los más pequeños les gusta maquillarse y vestirse elegantes. La mejor excusa para hacerlo fue organizar un pase de modelos. Uno de los voluntarios, Liep, se encargó de prepararlos durante todo el día y el desfile quedó muy original. Siguiendo el ritmo de "Gentleman", de PSY, primero desfilaron las chicas y después los chicos, de más pequeños a más mayores; luego chicas y chicos en parejas y, finalmente, todos juntos.

 Modelos antes y después del desfile

Los mayores, más bien, las mayores, no quisieron ser menos y prepararon su particular show. Durante toda la semana, a última hora de la tarde se oía música en la zona donde estaban alojadas. Preparaban desde el principio su parte de la fiesta. Bailaron cuatro canciones, entre ellas, "Lovey Dovey", de T-ARA, un grupo de chicas surcoreano que parece ser la canción que más les gusta. A todos nos gustó el baile, sobre todo a las niñas más pequeñas, que miraban a las mayores con admiración. Mención aparte merecen los DJ's, que animaron no sólo el show, sino el resto de la noche.

Show de baile

PSE DJ's

Lejos quedan ya la fiesta y los últimos diez días. Parece mentira cómo el hecho de llegar de vuelta a casa haga tan lejanas unas vacaciones. Han sido unos días verdaderamente especiales. Para mí, quizás la última oportunidad este año de vivir plenamente PSE. Tal como me sucedió el año pasado en mi primer viaje con los niños, la labor de la ONG se aprecia plenamente cuando se comparte con las personas a las que ayuda: los niños. En el día a día aquí en Phnom Penh es más difícil verlo. El trabajo diario absorbe mucho tiempo; el mío, el del contable, el de recursos humanos, o, incluso el del profesor que apenas tiene tiempo de salir de la clase y conocer el entorno donde viven sus alumnos.

Estoy contento por haber hecho este viaje y por haberlo compartido nuevamente con Pablo y con mi hermano, que se nos unió en los últimos dos días tras su periplo por Camboya a lo "Diarios de motocicleta". Estoy contento por haber llegado a la misma conclusión que el año pasado, aquella que decía que "son las cosas sencillas las que hacen que todo merezca la pena". En la dinámica que vivimos, donde nada parece suficiente, los niños se convierten en nuestros grandes maestros. Ellos son capaces de disfrutar de lo sencillo: unos hielos cuando hace calor, la sensación del gas subiendo por la nariz con la primera Coca-Cola o el primer amor adolescente.

sábado, 15 de febrero de 2014

En tierra extraña

Durante este año me ha obsesionado una reflexión; la de hacer algo distinto, algo que trascienda o, al menos, algo diferente. Llevar una suerte de vida heroica o aventurera que suponga romper con lo tradicional, lo establecido o, simplemente, lo más común. Soy consciente de que el hecho de vivir en Camboya no constituye per se un acto heroico y de que probablemente lo más trascendente, profundo o como se le quiera llamar, sólo sea la búsqueda en sí misma.

En todo caso, tras leer uno de mis regalos de Reyes, cualquier búsqueda parece quedar reducida a su más mínima expresión. El libro se titula "En tierra extraña" y sus autores son Carlos Canales y Miguel del Rey. El regalo se lo debo a Nando y Susana, mis primos, y la recomendación de la lectura viene acompañada del descubrimiento del podcast "La escóbula de la brújula", donde me he reencontrado con los "clásicos" de "La rosa de los vientos".

Portada del libro

El libro presenta aquellas expediciones militares españolas que nadie conoce, las grandes olvidadas, las que no se cuentan en los colegios. Relata las vidas de aquellos compatriotas, éstos sí verdaderos héroes, que desde el siglo XVI en adelante recorrieron países europeos, asiáticos y africanos con el fin de conquistar territorios o ganarse el respeto de otras naciones.

Como no podía ser de otra manera, comencé el libro por la mitad, en la parte de Asia. No tardé mucho en descubrir el apartado en que se hablaba de Camboya. "La asombrosa aventura asiática de un clérigo corsario", se llamaba. El título era sugerente. Y la historia no defraudaba. El clérigo, conquistador, corsario, comerciante, historiador o escritor, como se lo quiera llamar, era Pedro Ordóñez de Ceballos (o Cevallos, según la fuente). Cuando se dice de él que "fue la primera persona en dar la vuelta al mundo desde América", cualquier ensoñación de estar viviendo una aventura se queda reducida a cenizas.

Es cierto que la manera que tuvo de comenzar su particular aventura no fue precisamente heroica. Fue más bien canalla. A los dieciséis años y tras un escarceo amoroso con una mujer casada, tuvo que poner pies en polvorosa o, mejor dicho, "en galera". Como alférez real, participó en misiones a veces comerciales, a veces guerreras, por el Mediterráneo, Norte de Europa, Portugal, África y América. Allí, decidió establecerse en Quito, en la Nueva España, cerca del año 1590.

Fruto de sus contactos, en Quito se le encomendó transportar a España 35.000 ducados, la herencia de un obispo, un verdadero tesoro. Fue en esa misión donde conoció Asia, ya que decidió utilizar la ruta oriental para llegar a la Península. Tras pasar por Guayaquil, extrañamente se dirigió a Acapulco, México, desde donde se embarcó hacia Macao, entonces colonia portuguesa. Aprovechando el viaje para comerciar, recorrió la costa de China, desembarcando en Cantón. También pasó por Nagasaki (Japón) y, finalmente llegó a la Conchinchina.

Por aquel entonces, la Conchinchina estaba en guerra con China, quedando implicados en el conflicto los territorios de Camboya y Pegú (aliados de los chinos). Ceballos tomó partida por los conchinchinos en la batalla naval de Cabo Pracel, una de las más importantes del siglo XVI en aguas asiáticas. Con su galeote, el San Pedro, colaboró decisivamente a la victoria de su bando. Tras la batalla, Ceballos siguió su viaje hasta volver a América, completando la vuelta al mundo cuatro años después de su partida.

Tras años de viajes, se dice que navegó más de treinta mil leguas (equivalentes a cuatro vueltas al mundo), regresó a España, a su Jaén natal. Allí, se dedicó a escribir y a recibir numerosos homenajes. También fue fruto de críticas y envidias, como no podía ser de otra manera en un español que hace algo fuera de lo normal. Nombrado canónigo en la Iglesia de Astorga y provisor, juez y vicario general en los reinos de Conchinchina, Champáa, Cicir y Laos, no pudo ejercer dichos cargos. Su precaria salud le impidió volver a viajar, muriendo entre los años 1634 ó 1635, con más de ochenta años.

Tras leer el libro, donde se cuentan estas y otras tantas historias similares, lejos de continuar creyendo que mis aventuras son menores, no dejo de pensar que si hombres como Ceballos eran capaces de hacer tantas cosas en una época en la que no había trenes ni aviones, ni que decir tiene que tampoco radios, televisiones ni Internet, nosotros, hoy, podemos hacer muchas más.

Vínculos:

lunes, 7 de octubre de 2013

Vacaciones de Pchum Ben

Vichhika y Mengsry dicen que PSE es su familia. Lo dicen y lo demuestran en su trabajo cada día. Lo dicen y lo demuestran también en sus vacaciones. Las suyas no son unas vacaciones cualquiera. Son las vacaciones de una familia con casi cien niños.

Todo es especial cuando se trata de movilizar a cien personas. El transporte, el alojamiento, la comida, las actividades. Como en toda familia grande, cada uno parece tener asignada su tarea. Los mayores cuidan de los pequeños, los cocinillas cocinan, los más graciosos entretienen y los alborotadores alborotan. Nosotros, como si fuéramos los primos que vienen de lejos, intentamos ayudar como podemos.

La ocasión que nos ha reunido ha sido la festividad de Pchum Ben. Se trata de una fiesta tradicional camboyana en la que se recuerda a los familiares fallecidos. Para ello, la mayoría de la gente vuelve a sus provincias de origen donde acude en masa a las pagodas. Nosotros hemos ido a Sihanoukville y nos hemos alojado en el centro que PSE tiene en la ciudad. "Nosotros" somos Vichhika, Mengsry y su equipo, casi cien niños incluyendo pensionnaires y handicapés de los programas de 
PSE y, por último, los voluntarios extranjeros; mi hermano Alberto, mi "nuevo hermano" Pablo, Yurie, Antonia y yo.

Vichhika y Mengsry

Pablo, Álvaro y Antonia

 Yurie y Alberto

Juntos hemos jugado, disfrutado de la playa y de los ríos de Sihanoukville, de la cocina camboyana, también de la occidental en ocasiones especiales, de la música y del baile. Juntos hemos ido a la pagoda, visto cómo los niños recordaban con devoción a sus familiares y ofrecido a los monjes flores, incienso y una pequeña limosna. Juntos también hemos sufrido la lluvia omnipresente, la conjuntivitis y acudido a un decadente hospital camboyano. También hemos aprendido algo de khmer, más francés, palabras sueltas en japonés e incluso alguna coreana, además de haber enseñado algo de español.

La experiencia para mí no ha sido nueva, pero no por ello he dejado de disfrutarla. Al contrario. Ya había tenido la suerte de vivirla en abril en Siem Reap durante las celebraciones del año nuevo camboyano. En esta ocasión, quizás lo más especial para mí haya sido compartir con mi hermano unas vacaciones de un modo en el que no lo habíamos hecho hasta ahora. Todo era nuevo para él. No sólo el país, también la gente y, sobre todo, la relación con los niños. Ha descubierto lo que hace PSE, lo que intento hacer yo y, por encima de todo, mil muestras de cariño por parte de otros tantos niños. Verlo jugar con Chon me recordaba de algún modo a cuando jugábamos de pequeños. Sus conversaciones con Ratana eran como las nuestras y la forma en la que hablaba con los niños era igual que cuando hablaba con nuestros primos pequeños.


 Visita a la pagoda con motivo de la festividad de Pchum Ben

Durante estos días también he podido conocer de otra manera a la gente con la que trabajo en PSE. Yurie trabaja en el área de Fundraising y su experiencia aquí le ha servido para conocer mejor la inmensa labor que se hace con los pensionnaires. Seguro que a partir de ahora "contará" PSE de otra manera. Antonia por su parte, es una voluntaria francesa que tiene previsto colaborar con PSE durante tres meses para luego cursar estudios de puericultura. No puede haber escogido mejor manera de comenzar. Seguro que lo hará muy bien. Y sobre Pablo, qué decir. Cada día me sorprenden más su pasión por PSE, sus ganas de ayudar y su entrega incondicional. PSE ganaría mucho si decidiese quedarse más allá de marzo.

Han sido unos días estupendos. La mejor prueba de que uno lo ha pasado bien durante sus vacaciones es que se hayan pasado rápido. Éstas lo han hecho a la velocidad del rayo. Cuando uno está rodeado de buena gente, todo es bueno y, volviendo al inicio, Vichhika y Mengsry, los "padres" de esta familia de pensionnaires, son quizás las mejores personas que he conocido en Camboya. Me alegro de formar parte de "su familia".



Playa de Sihanoukville

martes, 10 de septiembre de 2013

Desarrollo y depravación en Bangkok

Bangkok son varios mundos en uno. El primero y el tercero. El moderno y el tradicional. También el del turismo tradicional y el del turismo sexual. Es, en definitiva, la ciudad del desarrollo y la depravación. Ésta ha sido la principal conclusión que he extraído del viaje que he hecho con mi hermano.

Llegamos a la capital de Tailandia nada más caer la tarde. Aterrizamos en hora en Don Muang, el antiguo aeropuerto de la ciudad, tras haber temido perder el vuelo. Una tormenta a mediodía había dejado inundadas las calles de Phnom Penh. El agua superaba la altura de las ruedas del tuk tuk en algunos tramos del camino. En contraste nada más aterrizar era inmenso: carreteras amplias y bien asfaltadas, transporte público, autobuses, metros, rascacielos, gigantescas pantallas de publicidad...

Sin saber todavía muy bien dónde estábamos, desde el aeropuerto llegamos con facilidad al centro de la ciudad. Fue en el primer paseo que dimos por Bangkok cuando descubrimos varios de los mundos que encierra. Conforme avanzábamos por unos mercadillos callejeros en las mismas puertas de enormes centros comerciales, nos dimos cuenta de que la gente que nos rodeaba dejaba de ser local. Los tailandeses se convertían en occidentales; blancos y mayores. Las voces que desde los puestos de comida nos ofrecían pad thai ahora gritaban "Ping pong show!". Mi hermano y yo nos mirábamos sin dar crédito a lo que escuchábamos y nos limitamos a aceptar el pad thai. Cansados del viaje, volvimos al hotel. El día siguiente conoceríamos, esperábamos, el verdadero Bangkok.

Por la mañana, las mismas calles que habíamos conocido durante la noche tenían otra apariencia. No parecían ser lo que habían sido apenas unas horas antes. La luz y la actividad hacían de Bangkok simplemente una bulliciosa ciudad moderna. Tocaba conocer el Gran Palacio, visitar pagodas y templos y pasear por las áreas comerciales. Y eso fue precisamente lo que hicimos. Mucho más preparada para el turismo que Phnom Penh, trasladarse desde un sitio a otro era fácil. En metro, en la versión tailandesa del tuk tuk, incluso en barca.

Fue en barcaza como remontamos el Chao Phraya. Y fue en ella donde conocimos a un misterioso personaje que se convirtió en nuestro compañero de viaje durante el día. Un indio afincado en Singapur que nos siguió en las visitas que teníamos planificadas: el Gran Palacio, el buda tumbado de Wat Pho, el Templo de Mármol y algunas de las calles comerciales. Todo en Bangkok, al menos lo turístico, está bien conservado y adaptado para las visitas. Nos sorprendió especialmente la grandiosidad del buda tumbado. Era inmenso y la gente lo veneraba con absoluta devoción.

Estatuas del Gran Palacio

Buda tumbado en Wat Pho

Mucho habíamos caminado durante el día y de nuevo caía la noche. Bangkok se convertía una vez más en aquella ciudad distópica, en aquel Los Ángeles de Blade Runner. Caía la noche y lo moderno se mezclaba con lo lúgubre y lo atractivo con lo depravado. Nosotros lo observábamos todo de vuelta a nuestro barrio.

Durante el día siguiente nos perdimos por el mercado de Chatuchak, probablemente el mercado al aire libre más grande del mundo. Nos perdimos, literalmente, entre sus miles de callejuelas. Simplemente pasearse por él, rodearlo, llevaba casi toda la mañana. Nosotros nos detuvimos en varias ocasiones para comprobar imitaciones, productos raros y probar varios platos típicos. Ya entrada la tarde, volvimos a nuestro barrio, donde quedamos a cenar con Cristina, una voluntaria del Summer Camp que antes de volver a España estaba visitando la ciudad tras un pequeño viaje por Tailandia. Sus sensaciones eran esencialmente las mismas que las nuestras.

Una noche más de vuelta al hotel y las mismas sorpresas de las anteriores. Resultaban ya algo cotidiano. A la mañana siguiente nos quedaba sólo una jornada. Media más bien. Un cuarto. Teníamos que elegir una visita entre varias opciones. Y elegimos subir al rascacielos más alto de Tailandia. Fue una excursión interesante. Todo lo que el edificio tenía de moderno por fuera lo tenía de desactualizado por dentro. Poco o nada había cambiado su decoración y su estilo desde su inauguración. Y sin embargo resultaba interesante. La ambientación galáctica de 1997 resultaba un tanto kitsch en 2013. Quizás el rascacielos sea una buena metáfora de lo que me ha parecido Bangkok. Una apariencia de modernidad que se confunde con muchos otros mundos cuando la visitas.

Contraste entre los rascacielos y las chabolas de Bangkok 

Tuk tuk tailandés

domingo, 25 de agosto de 2013

Oun, 11 años

Hoy, en una jornada típicamente turística, mi hermano se ha enfrentado a la negociación más compleja e interesante desde que está en Phnom Penh. Tras pasar la mañana en el barrio BKK1, asfixiados por el calor y la humedad, tomábamos una cerveza en una de las terrazas de Preah Sisowath Quay, el paseo por la rivera del Sap. Sentados cómodamente con una jarra de Angkor a medio empezar, se aproximó a nosotros una niña que pretendía vendernos alguno de los productos que traía bajo el brazo.

Tras la incómoda sensación de no saber cómo reaccionar y prevenido por mi parte sobre la manera más adecuada de tratar a los niños callejeros - esencialmente no darles dinero - mi hermano se limitó a preguntar a la niña su nombre y su edad. Son, por otra parte, las pocas cosas que sabe decir en khmer. Probablemente a continuación le diría que muchas gracias y que se fuera a descansar. Para nuestra sorpresa, la niña contestó en un perfecto inglés: "Mi nombre es Oun y tengo once años". Continuó, y en un intento de prolongar la conversación para más tarde hacer negocio con nosotros, nos preguntó de dónde éramos. "De España", le respondimos. La conversación siguió así:
- ¿De dónde creéis que soy yo?
- De Camboya.
Dijo mi hermano.
- De Udong. Dije yo, pretencioso, para demostrar mi conocimiento de las provincias camboyanas.
Tras una pausa, Oun contestó:
- Vengo de papá y de mamá. Reímos los tres.
Desarmados por su desparpajo nosotros y consciente ella de que lo estábamos, comenzó a ofrecernos los productos que llevaba bajo el brazo. Libros, DVDs, pulseras. Empezó con éstas últimas. Tres por dos dólares. Evidentemente caro. Continuó por los libros. Nos los ofrecía por cuatro, sorprendentemente baratos en comparación con las pulseras. Viendo en nuestros ojos que quizás nos podría interesar alguno de los libros, comenzó a recitar los títulos de los que tenía. Incluso nos hizo una breve reseña, siempre en inglés, de los que le parecían más interesantes. Probablemente eran los que se vendían mejor.

Tras un momento de indefinición, le propuso a mi hermano un juego. Si ganaba ella, mi hermano le debería comprar el libro no por cuatro, sino por cinco dólares. Si perdía, se comprometía a venderlo por dos. "A veces pierdo", dijo. El juego que nos proponía no era otro que "Piedra, papel o tijeras". Mi hermano y yo nos miramos y, sinceramente, no pudimos decir que no. Yo me erigí en árbitro y ellos dos jugarían al mejor de cinco. Para ese momento supongo que ya teníamos decidido comprar el libro. Supongo que ella también lo sabía y que si perdía, le pagaríamos al menos los cuatro dólares que pedía inicialmente.

¡1, 2, 3! Comenzaron a jugar y tras varios "lanzamientos" llegaron a estar empatados a dos. Mi hermano, seguro de sus oportunidades, ganó el tercer punto. Oun, viendo que perdía, me miró y dijo "Es al que primero gane cinco". Como árbitro y a pesar de las lógicas protestas de mi hermano, no pude sino sucumbir ante Oun y darle la razón. Poco después ella ganó. Con un gesto victorioso sacó el libro que creía que interesaba a mi hermano y le recordó: "Son cinco dólares. Es una historia muy bonita". Sin darse por vencido por lo que entendía un resultado injusto, mi hermano continuó negociando con ella y, finalmente, obtuvo un precio de tres dólares y medio. "Apenas me has dejado margen, yo los compro por tres", refunfuñó graciosa Oun.

Satisfecha por su venta, se disponía a marcharse. Nosotros quisimos preguntarle si iba al colegio y nos nombró uno de la zona. "Trabajo los domingos, cuando no hay clase". Ojalá sea así, su nivel de inglés parece confirmarlo. Sea como fuere, la historia ilustra a la perfección la situación de muchos niños en Camboya. Una situación que muchos queremos mejorar.

Mi hermano y Oun

Páginas de interés:

sábado, 17 de agosto de 2013

Kilómetro 78

Esta semana he tenido la oportunidad de visitar Kampot junto con unos compañeros de PSE, algunos de ellos ya amigos. Salvando los miles de kilómetros de distancia, el viaje bien podría haber sido un viaje en el tiempo a la España de hace setenta años. Cada experiencia que he vivido me ha evocado las cosas que me contaba mi padre de su infancia y juventud.

El viaje comenzó como lo hacen las películas de los años cuarenta. Un viaje a ninguna parte en una antigua furgoneta llena de gente. Cajas, maletas y comida ocupaban cada rincón del coche, por minúsculo que fuera. Las carreteras de Camboya son como aquellas antiguas nacionales de España. Aquellas que sólo tenían un carril por sentido y mal asfaltado. Aquellas que cruzaban cada pueblo pasando por el mismo centro en vez de rodearlo. Aquellas que se hacían eternas, que parecían no acabar nunca. Los robles y los chopos que, según mi padre, las flanqueaban, se sustituyen aquí por palmeras y mangos. Los paisajes infinitos de trigo, tan amarillos en verano, son en Camboya verdes arrozales que se extienden más allá de donde alcanza la vista. Los campesinos los trabajan a mano. Sumergidos en agua hasta las rodillas, recogen meticulosamente el arroz que pueden cultivar durante la estación de lluvias. Vacas y bueyes buscan la sombra y rumian mientras descansan. Son las únicas herramientas de carga y arrastre.

La llegada a Kampot hizo olvidar las horas de viaje y cualquier vestigio de la gran ciudad, cualquier recuerdo de su vorágine y de la aún incipiente modernización de Phnom Penh. El ritmo de la provincia es distinto. La gente es distinta. Incluso los menús cambian. Por la proximidad al mar y al Kamchay, el gran río que la cruza, la dieta está plagada de marisco y pescado. Son muchas las familias que recogen los mismos cangrejos que más tarde ofrecen a los visitantes como si del mejor de los manjares se tratara. Así lo hacía mi padre cuando los cogía del río. Era uno de los pequeños placeres de los que disfrutaban en el pueblo. Ahora el río lleva menos agua y ya no hay cangrejos.


En las jornadas de trabajo que me han llevado a Kampot no ha faltado tiempo para convivir como lo hacen los camboyanos, quizás como lo hacíamos nosotros hace muchos años. Durmiendo varios compañeros en la misma habitación, como lo hacía mi padre con sus hermanos, las charlas se extendían hasta bien entrada la noche. Los desayunos y las comidas debían ser como eran los de aquellos tiempos. Un plato principal en el centro para compartir por todos los que sentaban en torno a él. La cuchara más rápida sería la que mejor comería. Y tras la comida o la cena, siempre la tertulia, sin televisión o sin una televisión que pudiéramos entender. Para pasarlo bien, cosas sencillas, un baño en el río al acabar de trabajar, música, baile. Quizás la única diferencia con respecto a hace setenta años es que un ordenador o unos altavoces reemplazaban a la orquesta. Así durante tres días. Tres días de desconexión de la realidad o de conexión con otro tiempo.

La vuelta a la ciudad no podía quedar exenta de sorpresas. Casi en blanco y negro, como si de la posguerra española se tratara, un control policial pretendía disuadir a los habitantes de la provincia de acudir a protestar a la capital por los todavía inciertos resultados de las elecciones. Poco después del control, una de las ruedas de la furgoneta pinchó. Resultaba anacrónico, como de otra época. Apenas recuerdo la última vez que pinché la rueda de mi coche. Apartados en la cuneta jugamos con gatos, tuercas y llantas.


Fue allí, en el kilómetro 78 de la carretera de Kampot a Phnom Penh, donde comencé a reflexionar sobre todo lo que conectaba mi viaje con las historias de mi padre. Las carreteras, los paisajes, las costumbres, todos me han recordado a la forma de vivir de la que me hablaba. Quizás al leerlo él también se sienta reconocido. Me alegra haber disfrutado del viaje, poder contarlo de esta manera y, sobre todo, poder decir que tras hacerlo entiendo mejor a mi padre.

jueves, 8 de agosto de 2013

El viaje de mi hermano

"La travesía de mil millas comienza con un paso"
Lao-Tsé

Cual Robinson Crusoe, el martes aterrizó en Phnom Penh mi hermano Alberto. Al ver su foto en el área de llegadas del aeropuerto, su amigo Javi Yagüe comentaba ácidamente: "Llega con el aspecto que se supone que tendría a su vuelta. ¿Cómo estará entonces?". No le faltaba razón, al menos en la primera parte de la frase. Pertrechado únicamente con una mochila y con todos sus aparejos fotográficos, su barba de náufrago hacía pensar que venía de un largo viaje en el que habría estado aislado de la civilización.


En realidad venía de Lavapiés y a pesar de que no estuviese aislado del mundo, lo cierto es que su viaje fue largo. Lo fue por las muchas horas de vuelo y de escala en Doha y Ho Chi Minh, la antigua Saigón. No cabe duda de que ha dado el primer paso de una gran aventura. Lo es conocer un continente nuevo, una cultura diferente y gente, mucha gente. Ya en el mismo aeropuerto comenzaba a hacerlo. Todo le parecía distinto. Su sorpresa fue en aumento conforme navegábamos de vuelta a casa por las calles de Phnom Penh. Navegábamos, literalmente. El martes cayó el monzón más fuerte de la temporada hasta la fecha. Las calles de la capital se inundaron y casi había que achicar agua del tuk tuk.

Una vez en casa, merecido descanso tras el largo viaje. Por la mañana, con la luz del día, se descubriría otra visión de la ciudad. A partir del miércoles comenzaba el segundo paso del viaje. Y lo hizo en PSE. Más tarde, el resto de la ciudad. Será a él a quien corresponda recoger sus impresiones del país. Por mi parte, sólo puedo hacer mías las palabras de Pepín y Noelia desde Colombia: "Es un gusto poder enseñarle a la gente querida la vida que estamos viviendo en estos mundos".

Seguro que mi hermano y yo hacemos un buen equipo aquí en Camboya. Como el de Guy Hamilton y Billy Kwan en Indonesia en "El año que vivimos peligrosamente". Igual que en la película, me imagino a Alberto diciendo:
Billy Kwan: We'll make a great team, old man. You for the words, me for the pictures. I can be your eyes.
Sea así, él con las imágenes y yo con las palabras, al revés o las dos cosas a la vez, de lo que estoy seguro es de que en Camboya descubriremos muchas cosas y de que las contaremos aquí.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Visita a las familias

"Catch the chance when it arrives because it never arrives twice"
Cambodian proverb

La visita al nuevo vertedero fue una experiencia dura. Desafortunadamente sólo es un ejemplo. Hay muchos más casos, más concretos, más duros. Ayer visité varias familias de alumnos de PSE junto a uno de sus asistentes sociales. Si en el vertedero conocí la historia de muchos rostros desconocidos, en mi visita a las familias conocí la vida real de los niños de PSE cuando vuelven a casa tras su jornada en el colegio. Son dos vidas diferentes.

En el centro todo parece normal. Mejor que normal. Consta de buenas instalaciones, hay un ambiente muy agradable. Hay clases, actividades extraescolares, reuniones, fiestas. PSE significa futuro, significa la oportunidad de salir de la miseria. Lo que pasa fuera de los muros del colegio es otra historia. Son las dificultadas, la pobreza, la cruel realidad. Son historias concretas, con nombres y apellidos...

Es la historia de una abuela, viuda, que tiene que hacerse cargo de sus cuatro nietos. Para ello cuenta con la ayuda de una de sus hijas y de un salario de no más de dos dólares al día que gana vendiendo patatas. Su otra hija le ha dejado al cargo de sus hijos. Se separó y se fue a vivir lejos. La abuela sufre un cáncer tiroideo y hay días en que no puede ir a trabajar. Incluso si puede hacerlo, en ocasiones está tan cansada para volver a casa que coge un motodop para devolverla a casa. Le cuesta un dólar. Paga cuarenta dólares al mes más la factura de la luz por la habitación de al lado del puente de Stung Mean Chey donde vive con sus cuatro nietos. Tiene suerte. Su casero la conoce desde hace tiempo y sabe de los esfuerzos que realiza para sacar a su familia adelante. Es condesdenciente si no puede pagar a primeros de mes. Por su parte, PSE ayuda a los tres nietos mayores. Dos de ellos reciben clases de formación profesional y con suerte encontrarán un trabajo en junio, al finalizar el curso. Su eventual salario debería aliviar la situación de la familia. La tercera acude a una escuela pública. Los gastos de vestimenta, comida y material escolar corren por cuenta de PSE. Gracias a la ONG pueden comprar arroz a un precio sensiblemente inferior al de mercado. La señora había solicitado la reunión para pedir que le permitan comprar más arroz a ese precio ventajoso y que admitan a su nieta pequeña a la escuela el curso siguiente. El asistente social toma notas para analizar el caso y elevar una propuesta al comité de asignaciones. Quizás la señora tenga suerte. Quizás haya alguien que esté en una situación peor que ella.

Son muchas las historias. Es también la historia de una familia que vive no muy lejos del centro en una especie de chabola que apenas se tiene en pie. Viven en ella los dos padres, sus cuatro hijas y un sobrino. Su madre ha encargado a su hermana que lo cuide por unos meses. Esta segunda visita es una revisión anual de la situación de las familias. Al lado de su chabola hay una pocilga y un establo. Huele mal. En la reunión se revisan los ingresos, los gastos, la condición de la casa. La revisión se realiza para asegurar que se está ayudando a las familias que más lo necesitan y de la manera que mejor necesitan. Ruborizados al revisar la chabola, se esfuerzan en explicar que la televisión que tienen es de segunda mano, o de tercera... La han recogido de la basura. No tiene botones, no tiene mando. No significa que sean ricos. Me extraña ver que sean las diez de la mañana y está toda la familia en casa. La explicación es sencilla. Los niños van al colegio por la tarde y los padres trabajan por la tarde. El padre trabaja en la construcción y gana cuatro dólares al día... cuando tiene trabajo. Ella busca en la basura de la ciudad restos de materiales que pueda revender. Cada día es más difícil. Los ingresos totales, seis dólares al día. Sus dos hijos mayores trabajan pero no les pueden ayudar. Están casados y tienen que mantener a sus propias familias. En la conversación, con sus hijas presentes, se esfuerzan por subrayar la importancia de estudiar y agradecen a PSE la oportunidad que brinda a sus hijas para hacerlo. La mediana quiere ser guía o intérprete porque cree que cada vez habrá más turismo en Camboya. Si se esfuerza, seguro que lo consigue.

La última visita de la mañana tenía un objetivo concreto. Hablar con un alumno que había dejado de ir a clase. Se trataba no tanto de convencerlo de que volviera sino de saber por qué había dejado los estudios. No estaba en casa. Sólo su hermana, quien se comprometió a llamar en cuanto regresara. Ella, preocupada, fue quien nos dijo que su hermano había comenzado a trapichear con drogas. Que tenía acceso a dinero fácil y que prefería no estudiar. No hizo falta esperar a su llamada. Tras la conversación con la hermana al volver a coger la moto lo vimos en la calle. Volvimos con él a su casa. Salió su padre y hablamos los cuatro: Padre, hijo, el asistente social y yo. El hijo no respeta a su padre. Bebe por las tardes y no cree en su ejemplo. El padre es consciente de su problema y por ello, para no ser como él, recalca a su hijo la importancia de estudiar, de trabajar. Por muy acertadas que sean sus palabras caen en saco roto. No predica con el ejemplo. Sólo la madre podrá hacer al hijo entrar en razón. Por ello se acuerda una reunión en la que esté presente la madre, el hijo y el asistente social. Afortunadamente para estas familias no hay una sola oportunidad. PSE les da muchas y tienen que saber aprovecharlas. Afortunadamente también muchas familias lo hacen y salen adelante.


viernes, 7 de diciembre de 2012

La conversación con mi padre

"A veces la mejor forma de contar algo difícil es escuchar"

Desde el mismo momento en que concebí la idea de colaborar con una asociación en 2013 he hablado con muchas personas. Algunas han sido confidentes desde el principio y a otras se lo he comunicado una vez tomada la decisión. Contar que quieres colaborar con una ONG es fácil. La gente reacciona de muchas maneras, pero todos creen que es una buena idea, más o menos arriesgada, pero buena idea.

En todo caso, desde que surgió la posibilidad real de colaborar con Pour un Sourire d'Enfant siempre supe que las personas a quien más difícil sería contárselo eran mis padres. A mi madre la venía preparando desde hacía más tiempo. Sabía que iba a París, que me entrevistaría con Fernando y supo tras la entrevista que todo fue muy bien. Sabía que la colaboración podría implicar dejar el trabajo y sólo tuvo que unir las pistas que le había dado para acabar descubriendo que iría con PSE a Phnom Penh. Afortunadamente puedo decir que, aunque le cuesta entenderlo, me apoya totalmente.

Comunicar la decisión a mi padre era el último paso que faltaba y el que me imponía más respeto. Siempre he considerado a mi padre un referente en muchos aspectos. El más importante, el hecho tener una profesión que le apasiona y le hace feliz. En cierto modo, la motivación principal de mi "viaje" es que espero que la experiencia en Camboya me sirva para conocerme mejor a mí mismo y descubrir un modo de vida que me haga igual de feliz que a mi padre su trabajo: el mundo de las lavandas.


Tras hablar con mi padre, creo que puedo decir que siempre recordaré nuestra conversación como una de las más importantes de mi vida. Hablamos de cuando era un joven maestro con las oposiciones recién aprobadas y tenía mi edad, cerca de 30 años. De cómo por aquel entonces viajaba en verano a Francia para complementar su sueldo; de cómo allí descubrió el mundo de las lavandas y los aceites esenciales y de cómo quiso llevarlo a España. De las primeras cartas en 1963 con Mr Camille, su contacto en Francia, de sus primeros clientes, de las visitas a la calle Emilio Carrere... Hablamos durante mucho tiempo sobre cuál fue su camino para descubrir su pasión.

Su pasión... A mí me falta la mía y no quiero renunciar al privilegio que debe suponer tenerla. Quiero buscarla, quiero descubrir algo que me apasione. Es por eso que creo que tengo que vivir una experiencia distinta, diferente. Así se lo conté. Y lo entendió. Le pregunté por la capital de Camboya y contestó Phnom Penh, sin vacilar, fruto de su memoria de maestro. Le conté que el proyecto sería allí. Que estaba vinculado a lo que hago y que estaba pendiente de validar si lo hacía a través de la fundación de Accenture o pidiendo una excedencia.

Tras contarle todos los detalles que podía darle hasta el momento me preguntó si estaba seguro de lo que hacía y me recomendó que no me cerrara puertas en ningún sitio. Le contesté que estaba más seguro que nunca y que tendría las puertas abiertas en mi empresa a la vuelta. Finalmente me animó a dar un paso que parecía importante. Sus palabras fueron una mezcla de comprensión, cariño y ánimo. Me estaba diciendo, en definitiva, que con ilusión, constancia y coraje todo se hace. Espero que Camboya sea para mí como Francia lo fue para él.