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sábado, 28 de junio de 2014

Apéndice: cierre y relevo

A veces uno tiene la sensación de que la vida es cíclica. De que, en un momento dado, todo retorna al punto de inicio y, desde allí, vuelve a empezar. Pues bien, esa es la sensación que he tenido estos días al volver a París.

Más de un año y medio después, me encuentro en los lugares comunes del origen de mi colaboración con Pour un Sourire d'Enfant: la casa de Eric en la Île St. Louis, la Iglesia de Saint-Séverin, el número 10 de la Rue de Tournon, los restaurantes de Saint-Germain y los paseos sin rumbo fijo por la ciudad, a veces bordeando el Sena y otras remontando los Campos Elíseos o subiendo los 197 escalones que llevan a la Basílica del Sacré-Coeur.

La excusa formal de la visita a París era asistir a una reunión organizada por La Guilde (la entidad que facilitó mi misión en Camboya). Sin embargo, los motivos eran otros: reencontrarme con varios miembros del Consejo de Administración de PSE, también con algunos amigos (Alix y Shahan), y, sobre todo, conocer a la persona que continuará mi proyecto en Phnom Penh para darle el relevo.

El curso de cierre preparado por La Guilde, obligatorio para quienes nos acogimos a la modalidad de contrato de Volontariat de solidarité internationale (VSI), tenía por objeto facilitar la "vuelta a casa" de los voluntarios. Primero, a través de una suerte de "terapia de grupo" donde compartimos experiencias, vivencias y sensaciones en la vuelta a Europa y, después, con un ejercicio de reflexión profesional acerca de cómo reconducir la carrera una vez finalizada la misión. Sin duda, la sesión ha resultado mucho más interesante de lo que inicialmente había previsto. A los testimonios de otros voluntarios a quienes no conocía, se añadieron los de Véronique, Claire y Antoine, con quienes coincidí en la sesión de inicio de misión a finales de enero de 2013. Observar su evolución personal y profesional ha sido verdaderamente inspirador.

En todo caso, el curso era lo que pasaba entre las nueve de la mañana y las seis de la tarde; había más vida después. Tras la primera jornada, me reuní con Blandine y Ghislaine, dos de las administradoras de PSE con quienes más he estado en contacto durante el año. Cenamos juntos en un restaurante en Saint-Germain. Allí, Blandine, que visitará la ONG este verano, me interrogó sobre las últimas noticias de Camboya, mientras Ghislaine se interesaba por mis sensaciones a la vuelta y por cómo están Pablo y Carlota.

Más tarde, tras la cena, París estaba revolucionado. Me acosté sin saber por qué y, desvelado por el incesante ruido bien entrada la madrugada, descubrí que era por la clasificación de Algeria a los octavos de final del Mundial. La ciudad se hallaba en un verdadero estado de júbilo y era realmente difícil conciliar el sueño. El escaso descanso no me impidió, sin embargo, disfrutar del día siguiente ni de su momento más importante, el del relevo.

Tras finalizar la jornada del viernes en La Guilde, había quedado con Thomas Valleteau en su oficina cerca del Arco del Triunfo. Fue un momento importante. Él será la persona que continuará mi labor en PSE y era la primera vez que coincidíamos en persona. El encuentro fue muy cordial. Al fin y al cabo habíamos intercambiado ya bastantes correos y era como si nos conociéramos. Me alegró ver en él una firme determinación por dedicar un año de su vida al sector del desarrollo. Lógicamente, también compartimos ciertas dudas o miedos que pude tener yo. Juntos hablamos sobre muchas cosas; personales, profesionales e incluso filosóficas. Juntos planificamos también una forma de trabajar hasta que se desplace finalmente a Camboya. Y juntos concluimos que la experiencia merecería la pena.

Fue tras la reunión cuando vino a mi mente la reflexión de que la vida, decididamente, es cíclica. Incluso esta entrada lo es. Simplemente, son las personas las que cambian. Ahora es Thomas, a quien he cedido el testigo, quien se encuentra en mi posición de noviembre de 2012. Por mi parte y de otra manera distinta, yo también vuelvo a empezar. Y creo que es bueno volver a hacerlo.

Las reflexiones comienzan en la medianoche de París

"El viaje de vuelta no es sino el viaje de ida hacia el punto de partida"

miércoles, 15 de enero de 2014

El vuelo SQ067. Camboya, segunda temporada

“To see the world, things dangerous to come to, to see behind walls, draw closer, to find each other and to feel. That is the purpose of life”

Casi un año después me encuentro nuevamente viajando en un avión a mil kilómetros por hora y diez mil metros de altitud cruzando tres continentes, un mar y un océano. Esta vez no voy hacia lo desconocido. Esta vez vuelvo a mi “otra casa”. Aunque no lo conozca todo, esta vez sé cómo es el país, cómo es su gente y cómo será mi trabajo. Consciente de que dejo en España a mi familia y a muchos amigos, esta vez sé que en Camboya me reencontraré con mi hermano y otros tantos amigos. Esta vez sé lo que me espera y, sin embargo, la experiencia sigue siendo una aventura.

Sigue siendo una aventura porque tengo ganas de conocer más, de hacer más, de desaprender más. Sigue siendo una aventura, quizás sólo ahora una verdadera, porque en esta ocasión soy un equilibrista sin red, sin trucos. No hay un “plan B”, tan sólo una fecha: finales de abril. Tras haber decidido no prolongar mi excedencia de Accenture, me he dado cuenta de que a veces es necesario sentir el vértigo del funámbulo sin arnés de seguridad. El vértigo me saca de la inercia, de la rutina, de lo confortable. El vértigo me hace sentir incómodo, sí, pero me hace sentir con intensidad. El vértigo me obliga más, me exige más. El vértigo… lo estaba buscando y me está comenzando a gustar.

Guiado por ese vértigo, en unas horas, no sé cuántas, llegaré de nuevo a Phnom Penh. Mi cuerpo tendrá que volverse a adaptar al horario, al clima, a la comida. Mi hermano me vendrá a buscar. Pablo, Carlota y toda la gente a la que he conocido este año ya estarán allí. En esta ocasión, seré “el último en llegar”. Será distinto; por eso seguirá siendo una aventura. Mi “segunda temporada” en Camboya empieza hoy con ilusiones renovadas. La ilusión por los nuevos encuentros, por acertar y equivocarme, por no conformarme, por ir más allá. La ilusión por “mojarme”, por no sentirme indiferente. Y, sobre todo, la ilusión por compartirlo. Por todo ello, y por muchas cosas que todavía no sé, estoy convencido de que esta “segunda temporada” será un éxito.


martes, 10 de septiembre de 2013

Desarrollo y depravación en Bangkok

Bangkok son varios mundos en uno. El primero y el tercero. El moderno y el tradicional. También el del turismo tradicional y el del turismo sexual. Es, en definitiva, la ciudad del desarrollo y la depravación. Ésta ha sido la principal conclusión que he extraído del viaje que he hecho con mi hermano.

Llegamos a la capital de Tailandia nada más caer la tarde. Aterrizamos en hora en Don Muang, el antiguo aeropuerto de la ciudad, tras haber temido perder el vuelo. Una tormenta a mediodía había dejado inundadas las calles de Phnom Penh. El agua superaba la altura de las ruedas del tuk tuk en algunos tramos del camino. En contraste nada más aterrizar era inmenso: carreteras amplias y bien asfaltadas, transporte público, autobuses, metros, rascacielos, gigantescas pantallas de publicidad...

Sin saber todavía muy bien dónde estábamos, desde el aeropuerto llegamos con facilidad al centro de la ciudad. Fue en el primer paseo que dimos por Bangkok cuando descubrimos varios de los mundos que encierra. Conforme avanzábamos por unos mercadillos callejeros en las mismas puertas de enormes centros comerciales, nos dimos cuenta de que la gente que nos rodeaba dejaba de ser local. Los tailandeses se convertían en occidentales; blancos y mayores. Las voces que desde los puestos de comida nos ofrecían pad thai ahora gritaban "Ping pong show!". Mi hermano y yo nos mirábamos sin dar crédito a lo que escuchábamos y nos limitamos a aceptar el pad thai. Cansados del viaje, volvimos al hotel. El día siguiente conoceríamos, esperábamos, el verdadero Bangkok.

Por la mañana, las mismas calles que habíamos conocido durante la noche tenían otra apariencia. No parecían ser lo que habían sido apenas unas horas antes. La luz y la actividad hacían de Bangkok simplemente una bulliciosa ciudad moderna. Tocaba conocer el Gran Palacio, visitar pagodas y templos y pasear por las áreas comerciales. Y eso fue precisamente lo que hicimos. Mucho más preparada para el turismo que Phnom Penh, trasladarse desde un sitio a otro era fácil. En metro, en la versión tailandesa del tuk tuk, incluso en barca.

Fue en barcaza como remontamos el Chao Phraya. Y fue en ella donde conocimos a un misterioso personaje que se convirtió en nuestro compañero de viaje durante el día. Un indio afincado en Singapur que nos siguió en las visitas que teníamos planificadas: el Gran Palacio, el buda tumbado de Wat Pho, el Templo de Mármol y algunas de las calles comerciales. Todo en Bangkok, al menos lo turístico, está bien conservado y adaptado para las visitas. Nos sorprendió especialmente la grandiosidad del buda tumbado. Era inmenso y la gente lo veneraba con absoluta devoción.

Estatuas del Gran Palacio

Buda tumbado en Wat Pho

Mucho habíamos caminado durante el día y de nuevo caía la noche. Bangkok se convertía una vez más en aquella ciudad distópica, en aquel Los Ángeles de Blade Runner. Caía la noche y lo moderno se mezclaba con lo lúgubre y lo atractivo con lo depravado. Nosotros lo observábamos todo de vuelta a nuestro barrio.

Durante el día siguiente nos perdimos por el mercado de Chatuchak, probablemente el mercado al aire libre más grande del mundo. Nos perdimos, literalmente, entre sus miles de callejuelas. Simplemente pasearse por él, rodearlo, llevaba casi toda la mañana. Nosotros nos detuvimos en varias ocasiones para comprobar imitaciones, productos raros y probar varios platos típicos. Ya entrada la tarde, volvimos a nuestro barrio, donde quedamos a cenar con Cristina, una voluntaria del Summer Camp que antes de volver a España estaba visitando la ciudad tras un pequeño viaje por Tailandia. Sus sensaciones eran esencialmente las mismas que las nuestras.

Una noche más de vuelta al hotel y las mismas sorpresas de las anteriores. Resultaban ya algo cotidiano. A la mañana siguiente nos quedaba sólo una jornada. Media más bien. Un cuarto. Teníamos que elegir una visita entre varias opciones. Y elegimos subir al rascacielos más alto de Tailandia. Fue una excursión interesante. Todo lo que el edificio tenía de moderno por fuera lo tenía de desactualizado por dentro. Poco o nada había cambiado su decoración y su estilo desde su inauguración. Y sin embargo resultaba interesante. La ambientación galáctica de 1997 resultaba un tanto kitsch en 2013. Quizás el rascacielos sea una buena metáfora de lo que me ha parecido Bangkok. Una apariencia de modernidad que se confunde con muchos otros mundos cuando la visitas.

Contraste entre los rascacielos y las chabolas de Bangkok 

Tuk tuk tailandés

sábado, 17 de agosto de 2013

Kilómetro 78

Esta semana he tenido la oportunidad de visitar Kampot junto con unos compañeros de PSE, algunos de ellos ya amigos. Salvando los miles de kilómetros de distancia, el viaje bien podría haber sido un viaje en el tiempo a la España de hace setenta años. Cada experiencia que he vivido me ha evocado las cosas que me contaba mi padre de su infancia y juventud.

El viaje comenzó como lo hacen las películas de los años cuarenta. Un viaje a ninguna parte en una antigua furgoneta llena de gente. Cajas, maletas y comida ocupaban cada rincón del coche, por minúsculo que fuera. Las carreteras de Camboya son como aquellas antiguas nacionales de España. Aquellas que sólo tenían un carril por sentido y mal asfaltado. Aquellas que cruzaban cada pueblo pasando por el mismo centro en vez de rodearlo. Aquellas que se hacían eternas, que parecían no acabar nunca. Los robles y los chopos que, según mi padre, las flanqueaban, se sustituyen aquí por palmeras y mangos. Los paisajes infinitos de trigo, tan amarillos en verano, son en Camboya verdes arrozales que se extienden más allá de donde alcanza la vista. Los campesinos los trabajan a mano. Sumergidos en agua hasta las rodillas, recogen meticulosamente el arroz que pueden cultivar durante la estación de lluvias. Vacas y bueyes buscan la sombra y rumian mientras descansan. Son las únicas herramientas de carga y arrastre.

La llegada a Kampot hizo olvidar las horas de viaje y cualquier vestigio de la gran ciudad, cualquier recuerdo de su vorágine y de la aún incipiente modernización de Phnom Penh. El ritmo de la provincia es distinto. La gente es distinta. Incluso los menús cambian. Por la proximidad al mar y al Kamchay, el gran río que la cruza, la dieta está plagada de marisco y pescado. Son muchas las familias que recogen los mismos cangrejos que más tarde ofrecen a los visitantes como si del mejor de los manjares se tratara. Así lo hacía mi padre cuando los cogía del río. Era uno de los pequeños placeres de los que disfrutaban en el pueblo. Ahora el río lleva menos agua y ya no hay cangrejos.


En las jornadas de trabajo que me han llevado a Kampot no ha faltado tiempo para convivir como lo hacen los camboyanos, quizás como lo hacíamos nosotros hace muchos años. Durmiendo varios compañeros en la misma habitación, como lo hacía mi padre con sus hermanos, las charlas se extendían hasta bien entrada la noche. Los desayunos y las comidas debían ser como eran los de aquellos tiempos. Un plato principal en el centro para compartir por todos los que sentaban en torno a él. La cuchara más rápida sería la que mejor comería. Y tras la comida o la cena, siempre la tertulia, sin televisión o sin una televisión que pudiéramos entender. Para pasarlo bien, cosas sencillas, un baño en el río al acabar de trabajar, música, baile. Quizás la única diferencia con respecto a hace setenta años es que un ordenador o unos altavoces reemplazaban a la orquesta. Así durante tres días. Tres días de desconexión de la realidad o de conexión con otro tiempo.

La vuelta a la ciudad no podía quedar exenta de sorpresas. Casi en blanco y negro, como si de la posguerra española se tratara, un control policial pretendía disuadir a los habitantes de la provincia de acudir a protestar a la capital por los todavía inciertos resultados de las elecciones. Poco después del control, una de las ruedas de la furgoneta pinchó. Resultaba anacrónico, como de otra época. Apenas recuerdo la última vez que pinché la rueda de mi coche. Apartados en la cuneta jugamos con gatos, tuercas y llantas.


Fue allí, en el kilómetro 78 de la carretera de Kampot a Phnom Penh, donde comencé a reflexionar sobre todo lo que conectaba mi viaje con las historias de mi padre. Las carreteras, los paisajes, las costumbres, todos me han recordado a la forma de vivir de la que me hablaba. Quizás al leerlo él también se sienta reconocido. Me alegra haber disfrutado del viaje, poder contarlo de esta manera y, sobre todo, poder decir que tras hacerlo entiendo mejor a mi padre.

martes, 16 de julio de 2013

Singapur y Malasia

La semana pasada inicié mi primer viaje por otros países del Sudeste Asiático desde que estoy en Camboya. Junto con mi amigo Carlos, estuve en Singapur y Malasia, de los pocos países de la zona que él todavía no había visitado. Tan cerca y tan lejos. Tan cerca de Camboya y tan diferentes a la vez. Volver hoy a Phnom Penh después de visitar Singapur y Kuala Lumpur me ha impactado más que el día que llegué desde Madrid.

En febrero, cuando pisé Camboya por primera vez, estaba preparado para todo. El choque entre Oriente y Occidente, entre Asia y Europa, entre la pobreza y el estado del bienestar. Con las lógicas sorpresas, encontré lo que esperaba. Sin embargo, el choque tras conocer Singapur y Malasia ha sido mayor que el que viví tras al aterrizar de Madrid. A tan sólo una hora y media de Phnom Penh, compartiendo muchas tradiciones y cultura, se encuentra un mundo totalmente diferente. Singapur y Malasia están a años luz de Camboya. Mejor dicho, Camboya está a años luz de ellos.

 Izquierda: Marina Bay Sands, Singapur. Derecha: Petronas Towers, Kuala Lumpur

Lo que se ve en las calles de estos dos tigres asiáticos es organización, limpieza, desarrollo. Orden frente al caos. Respeto a las normas frente al "sálvese quien pueda". Dentro de la reserva de los asiáticos, sentido de comunidad frente a un individualismo donde no existe "el otro". Todo ello en Singapur elevado a la máxima potencia. Transporte público, sensación de seguridad. Espacios públicos, parques, jardines, teatros. Por lo que he leído, también una educación y servicios sanitarios públicos y de calidad.

La vuelta a Phnom Penh, la antítesis de todo lo anterior, me ha hecho plantearme más preguntas o planteármelas con más fuerza. ¿Por qué hay tantas diferencias entre países? ¿Por qué hay tantas desigualdades? ¿Por qué unos avanzan y otros no? No tengo respuestas, pero sí datos que pueden apoyar que un mayor grado de libertad y menor intervencionismo, pueden ayudar:

Índice de Libertad Económica 2012. The Heritage Foundation

Podría ser razonable pensar que a mayor libertad económica, mayor desarrollo. El estudio de The Heritage Foundation sobre Libertad Económica así lo concluye. Añade además que el índice de pobreza de los países mayor o moderadamente libres es de un 8%, mientras que en las economías mayormente controladas o reprimidas, es del 24%. El Producto Nacional Bruto per capita varía enormemente en función de la libertad del país. De 2.400 dólares en Camboya a 60.900 en Singapur, pasando por los 16.900 de Malasia y lo 30.400 de España. A mayor libertad, pues, mayor desarrollo. Pero no sólo será eso. La respuesta no sólo será la economía. Serán muchas más libertades además de la económica. Estoy seguro de que a lo largo del año seguiré viajando y teniendo la oportunidad de vivir, conocer y comparar más países. Quizás al hacerlo encuentre más respuestas.

Páginas de interés:

viernes, 8 de febrero de 2013

Madrid - Phnom Penh

"Vive y actúa, querido hijo, de forma que aunque todo el mundo te vea no tengas de qué avergonzarte, y que siempre se pueda decir de ti que eres un hombre"

Han sido muchos los días en que, hora tras hora, pensaba en Camboya. Muchas las noches en vela deseando que el viaje empezase al día siguiente. Y el día llegó: 7 de febrero de 2013. Era la fecha que marcaba el calendario para iniciar el viaje.

La casa vacía, pero no los recuerdos. Las maletas llenas de mucho más que ropa. Las ilusiones intactas. La jornada empezó pronto, con un desayuno en compañía de Juan Pedro. Él me contó su experiencia en Camboya y me dio los últimos ánimos para iniciar el viaje. A partir de ahí, visita a casa de mis padres, quienes me acercaron junto a mi hermano al aeropuerto. Embalaje de maletas, sobrepeso, lo esperado. Y por fin el momento de la despedida. Abrazos largos, besos, últimos consejos y confidencias al oído. Quizás la primera sensación de vértigo desde el otro lado del control de equipajes. Tan cerca todavía, y al mismo tiempo ya tan lejos. No había vuelta atrás.

Desde la cola para embarcar al avión, los últimos mensajes y what's apps, quizás los más sentidos y sinceros, con una sensación muy alejada a la de una despedida: Irme lejos no significa estar lejos. Por fin, el personal de Qatar Airways llama para el embarque. Impaciente, estoy de los primeros de la fila. Entro en el avión, coloco meticulosamente mi equipaje de mano y me acomodo. Comienzo a escribir mientras me esperan dos escalas - Doha y Bangkok - y un destino final: Phnom Penh.


lunes, 4 de febrero de 2013

Bonne mission!

Después de una semana en Madrid muy ocupada con diversas gestiones administrativas y las primeras despedidas oficiales, París me esperaba. Eran dos los motivos que me llevaban de nuevo a Francia. El primero, reunirme con compañeros de Pour un Sourire d'Enfant para obtener su visión sobre la situación de la ONG. El segundo, asistir a un curso organizado por La Guilde para todos los voluntarios que nos acogemos al programa de Volontariat de solidarité internationale (VSI). La experiencia en ambos casos fue muy positiva.

En París tuve el honor y el placer de alojarme en la casa de Eric en la Île de St. Louis. Eric me acogió como a un miembro más de su familia y se convirtió en un gran cicerone de la ciudad y mejor "guía" si cabe sobre PSE. Con él compartí desayunos y cenas, paseos por París e infinidad de conversaciones sobre Camboya, Francia, España y mil temas más. Resulta verdaderamente gratificante saber que existen personas como él, con un compromiso tan alto con una causa en la que cree y con una energía desbordante para su edad. Estoy seguro de que nos volveremos a ver, sea en Phnom Penh o en París.


La semana en París fue una gran oportunidad para volver a ver a personas que ya había conocido en noviembre. Tuve una entrevista con Jean-Michel, el Presidente de PSE, quien me presentó a Christel, una colaboradora de la ONG que acababa de volver de Camboya. Durante toda la semana, también disfruté de la compañía de Blandine, quien me presentó a su marido Jacques, un auténtico conocedor de Asia que me regaló y dedicó su libro "L'Asie majeure". Pude compartir igualmente una agradable cena en casa de Geoffroy y Corinne, con quienes Eric y yo hablamos largo y tendido sobre PSE. La semana fue, sin duda, muy productiva. Me llevé a Madrid una idea más profunda sobre PSE y volví cargado de ánimos y buenos deseos.

En paralelo conocí en el curso de La Guilde a un grupo estupendo de personas que, como yo, piensan dedicar un año de su vida a hacer proyectos de cooperación. El curso trataba temas de seguridad, sanidad y normas básicas de comunicación y gestión de proyectos para afrontar la interculturalidad. El grupo era de lo más heterogéneo, ya sea por destino, tipología de proyecto, experiencia previa, etc. Bangladesh, Burkina-Fasso, Laos, India, Senegal, Camerún, Nicaragua son algunos de los países a los que iban los compañeros. Y por supuesto Camboya. Conocí a Romain y Véronique, dos compañeros que trabajarán en Phnom Penh con GERES, una ONG vinculada al mundo de las energías renovables. Estoy seguro de que tendré la oportunidad de volver a encontrarme con ellos y contarlo aquí.

El curso en La Guilde duró casi una semana. En una semana pudimos compartir motivaciones y miedos, expectativas y retos, experiencias y enfoques. De todos aprendí algo, a todos intentaré seguir y a muchos espero poder volver a ver. Me alegro de haber pasado por París y me alegro de haber conocido a la gente que he conocido. Ya falta menos para ir a Camboya. Bonne mission à tous!


sábado, 1 de diciembre de 2012

Decisiones de noviembre en París

"Nos vemos a las cinco de la tarde detrás de la Iglesia de Saint-Séverin". Parecía la cita de un mosquetero retándose en duelo, pero era donde me citó Fernando para conocernos. El día fue el nueve de noviembre, día de la Almudena y festivo en Madrid. Yo iba camino a Chicago pero hice escala en París.

La parroquia de Saint-Séverin había cedido sus instalaciones a Pour un Sourire d'Enfant para su reunión anual, donde en la primera jornada se celebraba el Consejo de Administración y en la segunda la réunion des antennes. A ella acudían cada año muchos miembros de la organización venidos de todos los puntos de Francia, Bélgica, Luxemburgo, Alemania, España... Allí conocían de primera mano lo que se había hecho durante el año en Camboya y compartían sus experiencias sobre qué actividades habían hecho en sus respectivos lugares de origen para recaudar dinero.


Era una ocasión excepcional para conocer lo que hace PSE y conocer a la gente que trabaja en la organización. Y mereció la pena. Fernando fue la primera persona con quien me encontré. Él fue quien ese mismo día me presentó a su hijo Pedro y a Blandine, que me acogería en su casa. Ese mismo día cené con Fernando. Quería, lógicamente, que nos conociéramos para ver si encajábamos personal y profesionalmente para poder contarme las necesidades de PSE y presentarme formalmente al resto de la organización al día siguiente. Fue una cena muy agradable en un pequeño local de Saint Germain. A la vuelta a casa tuve una larga y agradable charla con Blandine, con quien hablé de muchas cosas como si nos conociéramos de toda la vida. Después de ambas conversaciones, estaba convencido de que el sábado sería un día importante. Y lo fue.

La mañana del sábado fue muy especial. Después de las presentaciones pertinentes, Pich, el responsable del centro de PSE en Camboya, repasó la actividad del año de la organización. La audiencia no podía ser más acogedora. Al fin y al cabo era la gente que, con su esfuerzo anual para recaudar dinero, sostenía la actividad en Phnom Penh. Todas y cada una de las ponencias me sirvieron para conocer mejor la organización. Fue por la tarde cuando me entrevisté con los responsables de la ONG. Querían conocerme y saber si les podría ayudar. Fue una entrevista coral - con seis personas - y muy especial.

Todo fue muy bien y para celebrarlo Fernando nos invitó a cenar a Pedro y a mí en Nos ancêtres les Gaulois, en la Île Saint Louis. Disfruté mucho de la compañía, de la comida, del lugar y, sobre todo, del momento. Acababa de surgir una oportunidad personal y profesional que me apetecía mucho emprender y lo compartía con las personas que lo habían posibilitado. Tenía al alcance de mis manos lo que llevaba tiempo deseando. El recorrido de vuelta a casa entre Notre-Dame y Saint Germain, por primera vez solo en esos días, fue muy especial. Tuve mucho tiempo para reflexionar, un tiempo mágico como en Midnight in Paris. Y la reflexión me llevaba decididamente a Camboya.