martes, 23 de abril de 2013

Año nuevo en Siem Reap

"New year, new life"

Año nuevo, vida nueva. Eso es al menos lo que decimos en España. De ser así, este año habré tenido la oportunidad de hacerlo dos veces: la primera en enero y la segunda ahora, en abril. El motivo, la celebración del año nuevo camboyano, el 2557 según el calendario budista.

En Camboya, al igual que en el mundo occidental, el año nuevo es una de las fiestas más celebradas del año. Durante el mes de abril, en el punto álgido de la sesión seca, los agricultores recogen su última cosecha y descansan tras todo un año de trabajo. Los agricultores y los trabajadores de cualquier sector. En Phnom Penh, como en tantos sitios, la costumbre es pasar las vacaciones en la provincia de origen, junto con la familia. Muchos de los niños a quienes ayuda PSE pueden hacerlo. Sin embargo, para otros tantos que viven en el internado esta costumbre tan sencilla es sólo un sueño.

Para que el sueño no quede en sueño, durante las principales vacaciones camboyanas, PSE suele programar viajes organizados con los niños que viven el internado y que por diversos motivos, a cada cual más duro, no pueden pasar con sus familias los días de descanso. El departamento de Accommodation, liderado por Vichhika, es el responsable de organizar dichos viajes. Vichhika no es una profesional más de PSE. La mayoría de los niños del internado la llaman Ma. Para muchos de ellos es su verdadera madre. Mengsry, supervisor, es Pa, el padre. Juntos durante el año se desviven para que los niños vivan en las mejores condiciones posibles. Durante las vacaciones viajan con ellos como una gran familia para lograr el objetivo de que se sientan como cualquier otro niño.

A Siem Reap viajamos más de cien niños y casi quince voluntarios. Entre ellos Pablo, navarro, que se ha convertido en un verdadero amigo, Camille, Simon y Tom, además de los voluntarios camboyanos. En Siem Reap visitamos con los niños los templos de Angkor, jugamos a juegos tradicionales, visitamos el Cultural Village donde aprendimos tradiciones camboyanas, cocinamos juntos platos locales... Hicimos muchas, muchas cosas y todas ellas me han ayudado a entender todavía mejor esta organización, a ver los resultados reales que obtiene, a entender por qué, en definitiva, se llama "Pour un Sourire d'Enfant".





sábado, 13 de abril de 2013

Cosas que hacer en Phnom Penh con sesenta euros

"Es una ocasión singular
la de que el dólar esté devaluado
que no hay que dejar escapar
para viajar a ultramar
en un momento dado..."
No hay marcha en Nueva York - Mecano

En realidad, el dólar no está devaluado, sino que le está recuperando terreno al euro. A día de hoy, el tipo de cambio es de 1,31 dólares por euro. Así, sesenta euros son casi ochenta dólares. ¿Pero por qué hablar de sesenta euros? Por dos motivos. Primero, porque que sesenta euros es una cifra que a todos los españoles nos suena. Son "diez mil de las antiguas pesetas". Es una buena referencia para hacerse una idea del coste de la vida aquí. Y segundo, el verdadero, porque es una pregunta que me ha hecho mi hermano, hermano a quien durante mi estancia en Camboya he alquilado mi coche por el módico precio de sesenta euros al mes (una ganga): ¿Qué se hace con sesenta euros en Phnom Penh?

En primer lugar, es importante justificar la referencia al dólar. La moneda oficial de Camboya es el riel camboyano (KHR), pero en la práctica hay dos monedas en circulación: el propio riel y el dólar, que equivale a cuatro mil rieles. Este tipo de cambio es aceptado por todo tipo de establecimientos, desde los mercados callejeros a las (escasas) tiendas glamurosas de Phnom Penh. Cualquiera que venga no se tiene que preocupara de cambiar rieles. Basta con traer dólares.

Sesenta euros, ochenta dólares. Empezamos por aquí. El salario mínimo mensual, al menos el oficial, es de $75, unos $900 anuales. Pero lo cierto es que hay más de cuatro millones de personas que viven con menos de $1,5 al día. Por tanto, sesenta euros, ochenta dólares, son muchos y, afortunadamente, con ellos se pueden hacer muchas cosas.

Si en Camboya hubiese McDonald's se podría hablar del índice Big Mac, pero no lo hay. Tampoco hay Burger King, pero sí hay KFC. En el KFC el precio de un menú con patatas y bebida es de $3,25. Así, con ochenta dólares se podrían comprar casi veinticinco comidas. Lógicamente, el KFC no es el sitio donde como. Sólo en ocasiones se convierte en una especie de capricho nostálgico. El precio habitual de un plato de comida en uno de los cientos de puestos callejeros o de restaurantes tradicionales ronda el dólar y medio. Quizás el mejor ejemplo sea el Chinese Noodle Restaurante de Monivong Boulevard. Me recuerda nostálgicamente al Rey de Tallarines de Madrid. Sopas de tallarines caseros con ternera, pato o champiñones, abundantes ya en el tamaño pequeño, por sólo $1,5. Ideal compartiendo doce dumplings por otro dólar y medio. Con ochenta dólares se podría cenar allí todo un mes.


Lógicamente, no todo son restaurantes tradicionales. Aquellos que están un poco más elaborados, como el Boat Noodle Restaurant ofrecen platos a $3-5 y los que específicamente se dedican al público extranjero fijan sus precios entre $5-10. Ejemplo de estos últimos son Comme à la maison o FCC Phnom Penh. En todo caso, si hay una parada obligatoria en lo que a restaurantes se refiere, es la visita al Lotus Blanc, gestionado por PSE y donde tanto en la cocina como en el comedor trabajan alumnos de la organización.

Siguiendo con referencias conocidas, qué mejor que la de una lata de Coca-Cola. Un refresco cuesta $0,40 en el Lucky Market, la única cadena de supermercados de Camboya y, por tanto, la de referencia. En la calle quizás se pueda encontrar algo más barata, pero poco más. En este caso no hay mucha diferencia con Europa y, por ello, para Camboya resulta cara. Por mil rieles, lo más habitual para refrescarse durante el día es tomar un refresco de azúcar de palma preparado al instante. Tras el arroz, la palma es la producción agraria más extendida y en la calle hay multitud de puestos que exprimen su jugo. Y si no es palma, los camboyanos beben el agua de coco que se encuentra en otros tantos cientos de puestos callejeros.


Por lo que respecta al alcohol, una cerveza en lata se puede encontrar a partir de $0,50 en marcas locales como Angkor, Kingdom o la vecina Leo, de Tailandia. Las de importación, lógicamente, son más caras. Quizás la cerveza sea la bebida que más consumen los camboyanos cuando salen a divertirse. Es habitual pedir jarras y brindar con todos cada vez que alguien bebe, pero sus salidas se quedan en tertulias más o menos animadas tras la comida, el trabajo o la cena. No es muy tradicional que los camboyanos salgan por la noche al estilo occidental. En todo caso, en los bares para expats se pueden encontrar copas de vino por $2,50 (el chileno suele ser el más barato) y cócteles o copas (desde luego no a la española) a partir de $4.

Intentando hacer referencia a diferentes maneras de gastar sesenta euros en Phnom Penh, tal como preguntaba mi hermano, se podría mencionar también lo que cuesta la ropa. En el Russian Market, una camiseta se empieza a negociar a partir de $5, pudiéndose quedar en $2, en función de la técnica del negociante. La posibilidad de hacer camisas o zapatos a medida se fija a partir de $30 para las primeras y $40 para los segundos, en este caso, no negociables.

Moverse en Phnom Penh es caro o barato según la óptica con que se mire. Un viaje normal en motodop puede salir por un dólar ($1,5 como mucho). De igual manera en tuk tuk. Con un precio básico de $2, compartido con alguien no debería exceder el dólar y medio por persona para cualquier destino dentro de la ciudad. Para salir de la ciudad, cruzar el río en barco no cuesta más de 2.000 rieles y un viaje en autobús a Siem Reap se debería poder conseguir por menos de $10. La gasolina cuesta $1,25 por litro, aparentemente barato para los estándares europeos pero extremadamente caro en el contexto camboyano. Yo me muevo en bicicleta, así que ahorro bastante en desplazamientos.

Comida, bebida, ropa, transporte. Un buen repaso sobre cómo gastar sesenta euros, ochenta dólares en Phnom Penh. Dan para mucho. Espero haber satisfecho la curiosidad de mi hermano y de algun@ más.

Otros ejemplos de precios:

- Lavado y planchado de ropa (10 prendas): $2,5
- Mensaje de móvil internacional Camboya-España: $0,20
- Precio del kilovatio: $0,25. La energía es muy cara en relación al poder de compra
- Visita al Palacio Real de Phnom Penh: $6
- Visita a los Templos de Angkor: $25 el pase de un día
- Cereales: A partir de $3 la caja
- Yogures: $0,35 por unidad en marcas locales en Lucky Market
- Mangos: En temporada, a $0,16 los 100g. en Lucky Market
- Manzanas: Traídas normalmente de EEUU, a $0,75 la unidad en Lucky Marte

lunes, 8 de abril de 2013

Camboya en blanco y negro y en color

Cada día que pasa, más me llaman la atención los contrastes de Camboya. Por una parte, encuentro un Phnom Penh en blanco y negro, antiguo, tradicional, como si de una escena de "Mi calle" se tratara. Por otra, existe también un Phnom Penh en color, a la última, lleno de imágenes de Psy y su "Gangnam Style".

En el Phnom Penh en blanco y negro hay gallos en las calles que cantan a todas horas. A veces, mientras duermo, pienso que estoy en un pueblo. Hay, aunque cada vez menos, carros tirados por bueyes que se abren paso lentamente por las pequeñas calles de la ciudad o por las grandes avenidas del centro. En alguna de las casas de alrededor de PSE se oyen aislados los mugidos de alguna vaca o los gruñidos de un cerdo. En el Phnom Penh de casi millón y medio de habitantes hay decididamente algo de rural.

Hay también en Phnom Penh una cotidianidad que sólo puede existir en un pueblo. Desde primera hora de la mañana a última de la noche. Al alba centenares de parejas de monjes ofrecen sus rezos de puerta en puerta a cambio de una ayuda o un simple plato de arroz. En el ocaso, cuando comienza a caer la noche y bajar la temperatura, la gente, relajada, sale al fresco. La familia cena en la calle, en la puerta de casa, o simplemente habla con sus vecinos, como si de un pueblo o una antigua corrala se tratara. Es la misma gente que durante el día ha ido al mercado, un mercado de los de antes, donde la higiene brilla por su ausencia. La mercancía expuesta cruda, sangrante, sin frigoríficos ni congeladores. A lo sumo protegida efímeramente con el hielo traído en bloques macizos por un repartidor que corre apresurado para que su mercancía no se derrita.

 

 


Como los porteadores de hielo, en Phnom Penh la gente corre de un sitio para otro en moto, tuk tuk o en bicicleta. Transportan lo imposible y en cada casa hay un experto en repararlas; alguien que sabe reparar un motor o cambiar una rueda con no más de tres herramientas. El ritmo de la ciudad no permite no tener un medio de transporte.

Es precisamente ese ritmo el que aporta vitalidad a Phnom Penh. El paisaje en blanco y negro se mezcla con el color. El color de los enormes coches de lujo que navegan entre la marabunta de motos. El color de los llamativos anuncios de productos occidentales en cada esquina, el de los reclamos de publicidad de los pequeños comercios en la puerta de cada casa. El color del tinte de pelo de los adolescentes que se creen modernos y se peinan como sus ídolos. Pero por encima de todo, el color de las enormes pantallas de móvil que se encuentran en los bolsillos de cada camboyano. El móvil aquí más que en ningún otro sitio es un símbolo de estatus. Y como símbolo de estatus está para ser mostrado. El móvil más actual, el ordenador más actual.

Ese gusto por tener lo último, por no ser menos que nadie hace que Phnom Penh sea una ciudad en desarrollo, en constante crecimiento. Y por ello su paisaje es un paisaje de grúas y andamios. Andamios tradicionales de bambú para construir nuevas casas en las barriadas y andamios modernos que luchan unos con otros por levantar edificios de más de treinta plantas. Cada día el paisaje cambia. Cada día una casa o un comercio nuevo o el proyecto de una carretera. El progreso se abre paso a trompicones en una ciudad sin muchos servicios básicos. Lo hace imparable a pesar de todo, de una manera en ocasiones impersonal y demoledora pero sin cambiar las costumbres, que siguen siendo las de hace años.

jueves, 4 de abril de 2013

Breve entrada sobre los sonidos de las noches de Phnom Penh

El sonido de los geckos.

El kikirikí de los gallos.

El aullido de algún perro.

Los motores y pitidos de los tuk tuks que llevan y traen a las almas nocturnas.

El sonido de aviso de los porteadores de charretes que rebuscan en la basura.

Alguna máquina de coser trabajando a deshora.

La música tradicional del Boat Noodle de cerca de casa.

Algún aspirante a cantante en algún karaoke afortunadamente lejano.

Los discursos de los asistentes a alguna boda.

El rezo de unos monjes budistas repetido en un cassette.

Yo celebrando los goles del Real Madrid en Champions.


lunes, 1 de abril de 2013

PSE Charity Party 2013

Hay una semana en el año en que PSE se paraliza. El motivo no es otro que la celebración de la Charity Party. En esta ocasión tuvo lugar el pasado viernes y sábado y, efectivamente, PSE se paralizó. Durante el último mes se ha vivido en el centro una mezcla de ilusión y nervios. Este año no era una Charity Party cualquiera. Este año era la primera vez que se celebraba fuera de las instalaciones de PSE, ni más ni menos que en el Estadio Olímpico de Phnom Penh.

El reto organizativo era inmenso. La repercusión mediática se preveía - y así ha sido - importante. Había muy poco margen para el error y muy poco presupuesto para gastar. Con muy poco había que hacer mucho. Durante el último mes, me ha impresionado ver cómo todo el mundo en PSE, desde los directores a los alumnos, se ha esforzado en lograr que la fiesta saliera bien. Al fin y al cabo, es una fiesta y a todo el mundo le gusta pasarlo bien... Pero si una sensación me ha calado es que la Charity Party es algo más que una fiesta. Es una especie de rito, una tradición, algo que se espera durante todo el año. Es también una recompensa, como una suerte de salario emocional para los trabajadores en la antesala del año nuevo khmer. Una recompensa que no está exenta de un gran esfuerzo.

A pesar de la vorágine de la última semana, de las reuniones de última hora animando a vender entradas, a pesar de los nervios, de las cosas que se tuercen en el último minuto, a pesar de todo, todo salió perfecto. El viernes acudieron a la fiesta cerca de cuatro mil personas. Los últimos datos del sábado apuntaban a más de cinco mil. En total, más de nueve mil personas habrían podido conocer lo que hace PSE. Precisamente, dar a conocer la organización, darle más notoriedad, era uno de los objetivos que se perseguía. Y no lo olvidemos, la recaudación de fondos. Por volumen, la Charity Party es el evento que supone la mayor fuente de ingreso local para la ONG. La inversión este año ha sido mayor que en otros. Afortunadamente, también se ha contado con el apoyo de importantes patrocinadores e instituciones públicas, especialmente el Ministerio de Turismo.

Contar con el apoyo específico de las instituciones ha sido clave, en tanto que ha permitido un mayor  impacto mediático a través de ruedas de prensa conjuntas y facilitado mucho gestiones como la reserva del Estadio o la colocación de carteles promocionales en las calles de Phnom Penh. El hecho de que fuera el Ministerio de Turismo el que apoyó la iniciativa está vinculado al motivo de la Charity Party de este año: promocionar la gastronomía camboyana. Cada una de las carpas del recinto ofrecía un plato típico de una provincia de Camboya. Había muchas cosas que probar. Desde los khmer noodles a las ranas rellenas, riquísimas.

Para mí, la fiesta fue la oportunidad de conocer mejor la cultura de Camboya. Pero no sólo de eso. También de conocer en un entorno diferente a mucha de la gente con la que trabajo, de ver a los niños pasarlo bien y disfrutar fuera de las clases. Y de conocer a más españoles en Phnom Penh. Es curioso, pero ya de lejos se nos reconoce. Es cierto que rodeados de miles de camboyanos se identifica fácilmente a un extranjero, pero a los españoles se nos ve venir a la legua. Después de conocerlos no puedo decir sino que hay material para un nuevo Españoles por el Mundo Edición Camboya. Quizás algún día lo grabemos.

Pero sobre todo, haber compartido este mes previo a la Charity Party me ha servido para descubrir lo que puede llegar a hacer un grupo de gente - este grupo de gente - cuando se implica y trabaja con un mismo objetivo. En Camboya hay mucho potencial para salir adelante. Simplemente hay que tener una idea y la ilusión, constancia y coraje necesarios para llevarla a cabo. Entre todos no es nada.


domingo, 24 de marzo de 2013

En la otra ribera del Mekong

Cinco personas. Cuatro bicicletas. Una excursión a la otra ribera del Mekong. ¿Cómo lo hicimos? Una de las bicicletas era el tándem de Camille y Simón. El resto éramos Jérôme, Sophoam y yo mismo, con nuestras propias "máquinas". El Sap y el Mekong los cruzamos en barco.

De Camille, Simon y su blog Nez à Nez ya he hablado en alguna entrada anterior, no así de Jérôme y Sophoan. Jérôme es socio de una empresa que fabrica muebles en Camboya y los distribuye en Francia. En ella trabaja Sophoam, nuestro guía de la jornada. La empresa colabora además con FLIP, uno de los proyectos de PSE focalizado en el acceso al mundo laboral de los padres (fundamentalmente madres) de los niños a los que ayuda la ONG para obtener un ingreso extra que colabore a la economía familiar. Jérôme y Albert, los dos socios, se alternan durante el año para supervisar el trabajo de la pequeña fábrica al lado de PSE. Ambos se suelen alojar durante su estancia en la Guest House y es allí donde he conocido a ambos.

La excursión surgió a propuesta de Jérôme. En diciembre, la última vez que estuvo en Phnom Penh, había hecho una ruta parecida y al contársela a Sophoan, éste le propuso repetirla haciendo escala para comer en la casa de su familia en el campo. Jérôme, que sabía de la experiencia en tándem de Camille y Simon y que yo tenía una bicicleta, no dudó en ofrecernos el plan. Tampoco nosotros en aceptarlo. Quedamos el domingo a las nueve en el Monumento de la Independencia.

Y allí estábamos. A las nueve en punto. Es curioso ver cómo desde el primer momento todo el mundo se fija en el tándem. En realidad es normal. Yo mismo he visto muy pocos y aquí no debe haber muchos. La cara de la gente, sobre todo los niños, sorprendida en un primer momento y avisando a sus amigos al paso del tándem fue una tónica durante toda la jornada. Hello, hello! decía todo el mundo a nuestro paso. Simon, capitán del tándem, presumía de que en el Sudeste Asiático todo el mundo le conoce.

El primer barco lo cogimos cerca del complejo de Naga World y nos llevó hasta la otra ribera, cruzando el Sap y el Mekong, que confluyen justo en Phnom Penh. Es increíble cómo el simple hecho de cruzar el río - los ríos - hace que cambie tanto el paisaje. Del tráfico, los olores y el ajetreo de la ciudad se pasa en menos de veinte minutos a otro tipo de tráfico y de olores y, desde luego, a un clima mucho más relajado. El tráfico ya no es de coches y motos; los primeros desaparecen. La gente va más tranquilamente, conduce a sus vacas al río para que se refresquen o entrena a sus pequeños caballos. Los olores no son los de la ciudad, son los del campo, los de las cocinas, los de los animales. El color verde domina el paisaje incluso en la época seca. No dejan de sorprenderme los árboles de frutas tropicales. Hay mangos en casi cada casa, frutas del dragón, árboles de jack. Son colores, formas y sabores muy distintos... y muy ricos.


Después de unos cinco kilómetros por una pequeña carretera de tierra paralela al río llegamos, conducidos por Sophoan, a la casa de su familia. Allí nos esperaban con los brazos abiertos. Era la hora de comer y tenían todo preparado para nosotros. Lo primero tras las presentaciones, agua bien fría para matar la sed de la bicicleta. A continuación, nos acomodamos en la mesa de bambú típica de todas las casas. Elevada sobre el suelo, es una estructura de más o menos ocho metros cuadrados donde se sienta a comer la familia e invitados. El menú, arroz con sopa de pollo. Muy rico y muy sabroso. Sobre todo con el picante, que resultó ser más picante que el que ofrecen en Phnom Penh. En la mesa los hombres (y Camille). Las mujeres y los niños comerían más tarde.

Conforme la conversación (en francés traducido simultáneamente al khmer) se iba animando fueron sacando un brebaje preparado con azúcar de palma. Fermentado de alguna manera, recordaba en cierto modo a la sidra. En Camboya existe la costumbre de que todo el mundo brinde cada vez que uno bebe. Brindamos varias veces animados por el patriarca de la familia, un hombre de cincuenta años que creíamos sin una sola cana hasta que nos confesó que se teñía el pelo. La vanidad existe aquí también. Después de la comida, el postre. Mangos del mismo árbol que nos daba sombra. La mayoría de los que aún tenía el árbol estaban en las ramas más altas. No había problema. Sacaron la herramienta que utilizan para recogerlos. Un palo de más de tres metros de largo con una pequeña cesta para introducir el mango. Al girar, la herramienta corta la rama y el mango queda en la cesta. Me recordó a las herramientas que utiliza mi padre para podar la parra. Aprovecharon la demostración del postre para recoger unos mangos que más tarde nos ofrecerían como regalo.


Tras la comida y el postre un pequeño baño en el Mekong, apenas a cien metros de la casa. Refrescados y agradecidos por la hospitalidad, retomamos el camino rumbo a la Isla de la Seda. Para ello, había que encontrar un barco que nos permitiese cruzar el río. Dar con el embarcadero fue realmente difícil y llegamos a la isla más tarde de lo planeado, por lo que nos limitamos esencialmente a cruzarla. El pueblo de Koh Dach vive esencialmente del trabajo de la seda. En la planta baja de cada casa, un pequeño telar y una explosión de colores. Habrá que hacer una visita más pausada.

Con la tarde empezando a caer, la vuelva a Phnom Penh. El último barco y de nuevo a la vorágine, los ruidos, la gente, los coches. Tras llegar al muelle tocaba cruzar toda la ciudad de Norte a Sur, incluyendo el Puente Japonés. Cosmopolita otra vez en tan sólo unos minutos.


sábado, 16 de marzo de 2013

Diarios de motocicleta

Si alguna vez hubiera escrito una lista de "Cosas que hacer antes de los 30" habría listado muchos puntos. Muchos. Seguramente uno de ellos habría sido "Aprender a andar en moto". Con mis treinta años y unos cuantos meses, cumplir ese hipotético punto de la lista no será posible. Pero eso no significa que no pueda aprender. Quizás Phnom Penh no sea la ciudad más adecuada por el caos del tráfico, pero seguro que será divertido. Me está ayudando Soken, profesor de la Escuela de Mecánica de PSE y capitán del equipo de fútbol al que pertenezco, los Blue Lander.

Con Soken he dado varias clases. Desde la básica y elemental de aprender a arrancar la moto y circular lento, muy lento, a comenzar a salir por las calles pequeñas de alrededor de la escuela. Pequeñas, pero no por ello poco transitadas. La primera norma de circulación es que no hay normas. Ninguna. Hay que desaprender. Desaprender los ceda el paso, las líneas continuas, los semáforos, hasta las luces. La norma es ir muy lento y no parar nunca. Los cruces son un espectáculo. Si ves que no puedes cruzar el carril para coger el tuyo, directamente circulas en sentido contrario hasta poder hacer el cambio. Es un caos, pero un caos ordenado. Es un baile lento en el que (casi) nunca pasa nada. Bicicletas, motos, motodops, tuk tuks, todoterrenos, camiones, del más pequeño al más grande, todos circulan aparentemente sin preocuparse por los demás y sin embargo respetando un cierto orden aleatorio e invisible.

En ese orden aleatorio son las motos las que predominan, las que más me llaman la atención y las que se convierten en el motivo de esta entrada. Son un mundo aparte. Aquí las motos sirven para muchas cosas. En muy pocas ocasiones son el medio de transporte de una sola persona. Llevan a familias enteras. El padre, la madre, varios niños, ¡bebés! Todos a la vez. Los hay que van con casco, cada vez más según dicen, pero la mayoría circula sin él. Cuando se utilizan como medio de transporte de mercancías, las motos me recuerdan a las hormigas, capaces de cargar hasta veinte veces su propio peso. Transportan cajas de cerveza, verduras, huevos que no se rompen, bolsas, sacos, cristales para ventanas. A veces son también tiendas móviles. Venden bebidas, otras están adaptadas para cocinar o simplemente son un escaparate para cualquier tipo de producto. Me he propuesto hacer un álbum con fotos de motos y las cosas que llevan. Publicaré más pero por ahora éstas son las primeras: